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sábado, 18 de mayo de 2013
Hoy es uno de esos de esos días que me recuerdan por qué no quiero estar en Esocia. Ayer era todo felicidad y calor. Aunque tuviera que pasarme todo el día estudiando, bastaba con mirar por la ventana para ver las montañas verdes, el color de las flores, las gaviotas -las únicas nubes blancas sobre el cielo azul- las familias con niños, las barbacoas en los Meadows...
Me reencontré con personas que hacía tiempo no veía. Todos mis planes llegaron a buen puerto... incluso la noche era agradable, con tan solo una suave brisa primaveral.
Pero esta mañana me desperté, y no por los rayos de sol -inexistentes- sino por la obligación que el estudio impone. Fuera, el cielo no podía estar más negro, a una centésima de tono de la noche. Arthur Seat y los Pentlands -mis compañeros favoritos en estos días de soledad sobre los libros- han desaparecido tras la niebla. Solo hay lluvia, viento y frío.
Es un día triste. Y yo estoy cansada de estudiar. Bueno. Quizá mejore. Tal vez.
lunes, 1 de abril de 2013
Demasiado cansada para escribir nada decente. Hoy dejo mis pensamientos en boca de una mujer de apasionada pero trágica vida. La creatividad es un como un estanque lleno de peces, carpas de brillantes colores mostrando sus escamas relucientes. Pero cuando metes la mano, todas huyen esquivas, y solo te queda el agua que se escapa entre los dedos. O una semilla que espera una primavera que no parece llegar nunca.
Lo inefable
(En Cantos de la mañana, 1910)
Yo muero extrañamente... No me mata la Vida,No me mata la Muerte, no me mata el Amor;
Muero de un pensamiento mudo como una herida...
¿No habéis sentido nunca el extraño dolor
De un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida,
Devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor?
¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida
Que os abrasaba enteros y no daba un fulgor?...
¡Cumbre de los martirios!... Llevar eternamente
Desgarradora y árida, la trágica simiente
Clavada en las entrañas como un diente feroz!...
¡Pero arrancarla un día en una flor que abriera
Milagrosa, inviolable!... ¡Ah, más grande no fuera
Tener entre las manos la cabeza de Dios!
Delmira Agustini
For Wendy F. (Spring is coming #1)
viernes, 22 de marzo de 2013
Hoy he estado de un humor extraño. Lo definiría como mal humor, pero ha tenido una dosis demasiado alta de melancolía aderezada con impotencia.
Para empezar, he vuelto a quedarme dormida por segundo día consecutivo. He tenido que desayunar rápido e ir a clase (no quería perdérmela, el tema me interesaba especialmente). Pero, de todas formas, he llegado veinte minutos tarde. Luego e ido a comprarme unos auriculares nuevos -porque perdí los míos el domingo en la biblioteca, y por más que ido a preguntar a Objetos Perdidos no los tienen... y mira que ya habrían podido llevarlos ahí, vaya, que eran unos auriculares normaluchos, baratos, ¡pero eran los únicos que yo tenía!-. Cuando, en un rato, he querido abrirlos (estaban metidos en una caja embalada a más no poder- he agarrado unas tijeras... y he acabado por cortar uno de ellos sin darme cuenta mientras intentaba sacarlos. Sí señor. Ha habido un momento en el que he querido llorar, pero luego me he dicho, ¿para qué?
Además de eso, he tenido que soportar un frío que cada vez se hace más intenso (con el añadido de que es desesperante, porque estamos teniendo peor tiempo que en Invierno, y eso que ahora es oficialmente Primavera) e incluso me ha caído granizo encima (el resto del día más o menos soleado).
Estoy cansada, pero no solo es cansancio físico, sino también existencial, de ese que parece que tienes que arrastrar el alma. Y yo sé por qué es (en parte). Es porque ayer, en la proyección semanal de uno de mis cursos, no fui capaz de quedarme ante la escena de una película. Es curioso. Esa escena me impresiono mucho en su momento, pero yo esperaba que en un lapso de más de diez años hubiera superado algunas cosas. Pero no. Allí estaba yo, incapaz de disfrutar al completo de my favourite film ever, completamente aterrorizada ante la perspectiva de enfrentarme a lo que ya se ha convertido en un fobia.
Y no sé, desde entonces me siento un poco decepcionada conmigo misma. ¿Tan lejos he llegado para arrugarme con tan poco?
For Wendy F. (The people I have met).
martes, 19 de marzo de 2013
Estoy cansada. He llegado a un punto en el que solo me apetece correr, subir hasta la cima de Arthur`s Seat aunque me cueste la vida y gritar, gritarle a los dioses que ya hemos tenido bastante invierno, es suficiente, muchas gracias.
Con este ya son seis meses. Seis meses de oscuridad, de frío, de vieto polar, de nieve... Seis meses largo que hemo ido aguantado como hemos podido: Bonfire Night, las decoraciones navideñas ayudan... luego enero y febrero se viven como un trámite obligado. Pero, ¿este tiempo en marzo, a unos pocos días de la llegada oficial de la primavera? Las flores ya habían empezado a salir (pobres daffodiles, ¿qué será de ellos ahora?) los días se alargan... ¿pero qué más da cuando se vive en una noche eterna?
El día de hoy ha sido de esos en los que no hay luz: solo el cielo gris oscuro, pesado y amenazante. Nieve, nieve de todas las intensidades posibles, ahora más fuerte, ahora más suave, ahora casi lluvia y luego tan dura como el granizo. Y el frío es tal que duele respirar. Y la ciudad es más gris que nunca. Terribles momentos estos en los que vienen los elementos a mostrarnos su cara más despiadada: aquella que todo lo destruye.
Quiero la primavera.
For Wendy F.
martes, 12 de marzo de 2013
Fui castigada por los dioses y perdi el habla este pasado fin de semana.
No fue una experiencia agradable. Para empezar, hablar es mucho más necesario de lo que parece. Quiero decir, en un principio acepté casi con alegría el silencio obligado. Un silencio así te exime de conversaciones aburridas. Te permite cenar tranquilamente a tu bola aun cuando estás con más gente, porque total, no puedes entrar en la conversación general, así que puedes dedicarle tus cinco sentidos al alimento. Además, hablando de conversaciones, no tienes que estar todo el tiempo estrujándote la cabeza para decir algo cuando estás con esa clase de personas que distan mucho de ser los amigos con los que hasta el silencio es una delicia. (Claro que esos amigos que menciono son más raros que el sol en Edimburgo, la verdad sea dicha).
Pero a parte de eso, el silencio obligado no es de mi agrado. ¿He comentado alguna vez que adoro hablar? Me encanta conversar con cualquier persona que tenga algo que decir. Hacer preguntas, conocer nuevas impresiones, modos de pensar... me fascina. Y cuando no puede hacerlo, es aburrido. También creo que la conversación es una de mis bazas principales en las relaciones sociales en general, y si me quitan eso me siento desorientada y ciertamente fuera de lugar. Por no decir que aquí en Reino Unido, donde cada vez que te encuentras con alguien se te tienen que caer al menos un par de "Sorry", otro más de "Please" y al menos tres "Thank you" pues el hecho de no poder decir esas breves formulas -breves sí, pero obligadas- te hace el blanco de miradas de desprecio y muecas de reproche. Que los británicos no serán muy amigables, per de la educación y la etiqueta ay, de esas son los mejores amigos. En fin.
Por no contar que eso de perder la voz incluye también estar en casa sin salir, porque aquí tenemos nieve, y no creo que los seis grados bajo cero ayuden a mi garganta a reponerse.
Me pregunto, sin embargo, por qué habré perdido la voz. Quizá es para que aprenda a escucharme, a escuchar y a estar sola. Desde que estoy aquí, aunque ya me voy acostumbrando a las tierras escocesas y me siento mucho más en casa, es verdad que cada vez me gusta menos estar sola. Pasar tiempo encerrada en mi habitación, en lugar de relajarme, me agobia. Estar aquí por las noches, unas tres horas antes de dormir, no solo está bien sino que me encanta. Pero más de eso (digamos pasar un día entero) me agobia bastante. No es porque el espacio sea pequeño -que no lo es, de eso no me quejo- pero es porque me entra una suerte de desolación interna. La suerte de desolación que me hace pensar en unirme a un grupo, yo, que por norma general huyo de estos. La suerte de desolación que me hace empatizar un poquito más con los miembros de Aum de los que hablaba en el otro post. ¿Seré yo la única persona que se siente así? ¿Y por qué me ocurre? No es el espacio. No es que no tenga nada que hacer, porque me sobran las actividades. Y sin embargo en esos momentos me siento más sola que nunca, ciertamente desamparada. No hay obligaciones, y entonces es como si ya no quisiera intentar nada. Es algo parecido a lo que me ocurrió este verano, que tenía todo el tiempo del mundo y aún así me sentía más vacía que nunca.
¿Por qué me ocurrirán estas cosas?
martes, 5 de marzo de 2013
Hoy he recibido un buen golpe, que me llega con un mar de distancia, pero aún así duele.
Y la lectura de hoy, Heart of Darkness (El corazón de las tinieblas) no me ha ayudado precísamente a aclarar las ideas. Leer sobre un muchacho que se adentra en una selva llena de dolor, misterio y peligros en busca de un hombre no conoce, una presencia fantasmal que es la meta de su viaje y al mismo tiempo no es más que polvo, no hace que se me cure esta angustia.
¿Seré yo, que también busco, entre libros y novelas, páginas de apuntes y diccionarios, una presencia inexistente? Un yo ajeno que me haga compañía. Otra parte, porque la que tengo dentro aún me da miedo conocerla.
Y sin embargo, hay extrañas tribus de seres que caminan entre las sombras del Imperio. Se escuchan sus tambores al cruzar el río, y no se sabe si los redobles responden a un ataque inminente o un ritual de sacrificio... Y el hambre aprieta, porque el viaje es largo, eterno este río que recorremos sin dejarnos llevar. Los compañeros tienen ese hambre pintada en la mirada y entonces una se siente halagada de resultar apetecible, porque aunque un destino terrible perecer entre dentalladas hay algo de hermoso en saber que la carne es aún lo suficientemente joven y fresca. Todos queremos agradar.
Una semana de silencio.
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