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martes, 14 de mayo de 2013
He estado a punto de cerrar el blog. La verdad, la vida en internet cada vez me atrae menos. Al final va a ser cierto que Walter Scott y yo tenemos una cierta afinidad en cuanto resistencia al cambio se refiere. Porque el internet, la informático y todo ese mundo de datos invisibles pero veloces es puro cambio -con millones de posibilidades, eso no lo niego-. Pero no es mi mundo; al menos no el que me gustaría visitar ahora. Me atraen más muchas otras cosas, cosas que puedo tocar, cosas que puede transformar y luego apartarme para mirar con cierta perspectiva. Y si tengo que almacenar experiencias, que sean las de los viajes, esos que se realizan pisando fuerte la tierra, aunque también signifique mancharse de barro o sufrir la inclemencia de los elementos.
Así que muy gustosamente borraría este sitio (¡zas!) y mis cuatromil cuentas de correo. Sería como desaparecer, desvanecerse. Podría ser un fantasma, y eso también me atrae. Tantos meses leyendo literatura Gótica (de esa que se escribió hace siglos, no os confundáis) me ha hecho cogerle el gusto al dramatismo extremo y los lugares oscuros y húmedos como Escocia.
Pero por otro lado, hoy estaba releyendo algunas entradas de este particular diario que escribo en arranques pasajeros de algo que me gusta llamar inspiración pero que más que nada porque, como el hecho de respirar, es algo necesario para mí (e inconsciente) y me he dado cuenta de que, qué narices, basta de falsa modestia... ¡qué bien escribo! Pues sí, estoy convencida. Porque al menos mi prosa es más clara y con menos pretensiones que el mejunje indigesto de un señor llamado T.S. Elliot (no queréis saber de qué os hablo, creedme). Y, ¿cómo podría pues privaros de semejante regalo?
La Primavera ya ha llegado a Edimburgo, por cierto, y es irónio. Tantos meses ansiando esto y ahora resulta que simplemente es una mezcla de frío, lluvia y granizo aderezada con rayos de sol ocasionales y nubes color tormenta apocalíptica. Algunos árboles tienen hojas verde optimismo, pero entre el fuerte viento y el mencionado granizo, poco me temo que van a volver a quedarse desnudos otra vez en muy poco tiempo... ¿Tendrán capacidad regenerativa estas hojas? ¿Les quedarán ganas a los árboles de ofrecernos una segunda Primavera? Son preguntas que me inquietan, mucho más que los exámenes globales que estoy preparando en estos días.
Sea como sea, y aunque esta estación esté loca (como yo, para variar) está claro que no soy la misma persona que se fue hace ya casi nueve meses. Nueve meses precisamente es lo que tarda en fabricarse (perdonad por la expresión, me sale del alma) un ser humano, y eso es precisamente lo que me ha pasado a mí. El frío congeló mi antiguo yo y ahora el viento amenaza con llevárselo muy lejos. Aunque solo con el calor verano podremos ver lo que ha quedado debajo de la cáscara...
Estoy mirando los Pentlands ahora mismo. Me encantan. Son mis montañas favoritas. Arthur Seat tiene una energía violenta, pero los Pentlands me permiten conectarme con mi yo más elevado. Lástima que ahora casi no pueda caminar, porque si no, correría de nuevo a sus cumbres, al amparo del amor silencioso que el Royal Observatory me profesa.
En cualquier caso, feliz Primavera.
domingo, 17 de marzo de 2013
Hoy me he acordado, con una mezcla de cariño y pena, de que a veces las personas a las que amamos salen malparadas por nuestra culpa, y eso, aunque es bonito, también es triste.
Estaba pensando en K.y yo. La relación que nos une es de lo más estrecha, pero hay veces en las que la pobre ha tenido que aguantar mucho... Me vienen a la cabeza dos anédotas muy concretas.
La primera de ellas es una noche yendo al cine. Recuerdo que, como de costumbre, pasamos por una tienda barata de chucherias antes de la película para acumular provisiones varias. Solo K. llevaba bolso, que estaba a reventar después de que saliéramos de la susodicha tienda (el bolso era pequeño, tampoco os equivoquéis). Recuerdo que sujetaba el monedero aun en la mano (acababa de pagar) e intentaba acomodarlo todo sin conseguirlo. Entonces yo le cogí la cartera y me empeñé en llevarla en uno de los bolsillos de mi abrigo. De hecho, recuerdo que insistí.
Entramos al cine, vimos la película...y a mí me quitaron el monedero, que no era mío, sino de K. No sé cómo, porque no me di cuenta, pero el caso es que luego lo estuvimos buscando (K. se dio cuenta nada más terminar la película) y no estaba por el cine.
Os podéis imaginar el disgutso mayúsculo de K. No solo porque ahí tenía treinta euros, sino todos los documentos: carné de identidad y demás. De hecho, le dio una especie de ataque de ansiedad. Y encima yo supongo que cargué doble culpa kármica, porque el monedero no era mío pero me empeñé en guardarlo en un sitio de donde después me lo quitarían... Menuda historia.
(K. no volvió a ver jamás el monedero, pero unos días después -cuando ya había solicitado la mayoría de las copias para los carnés que había perdido- se encontró con un sobre en el buzón en el que estaba toda la documentación, DNI incluído. Yo le devolví los 30 euros y quise comprarle una cartera nueva, pero creo que para eso segundo se me adelantaron).
La segunda vez también fue con K. (que tiene el mal vicio de apreciarme y estar siempre conmigo...). Estábamos bajando unas escaleras. K. iba delante y yo detrás. Las luces estaban apagadas (definitivamente eso tuvo que ver con los acontecimientos que siguieron). Íbamos charlando pero de repente yo perdio pie... y mientras me caía, en un acto reflejo agarré a K., de manera que al final la arrastré conmigo, con tal mala fortuna me caí encima. Como os podéis imaginar, yo aterricé en mullido, pero ella no. Se dio un golpe de campeonato (tanto que se quedó un poco atontada después, y a mí me dio la angustia pensando que le había pasado algo grave). Después del susto, le salió un buen moratón en la barbilla, hinchado, que le deformaba la cara... La pobrecita se quejaba con voz lastimera de qué iba a ocurrir si su barbilla se quedaba con esa forma para siempre. Yo estaba acongojada.
(Al día de hoy la barbilla de K. es perfectamente simétrica).
Para Wendy F. (y Shibi):
viernes, 1 de marzo de 2013
La vida no es un camino de rosas. Eso ya lo sabíamos. Pero es que mi día de hoy ha sido... de risa. De risa ahora que estoy aquí sentada escribiendo. Porque total, a estas horas de la noche...
Suceden cosas muy curiosas. Por ejemplo, cuanto más nerviosa y estresada estas, más se tambalea la realidad. Como si el epicentro del terremoto comenzara en ese nudo de angustia en el estómago. Y entonces todo se vuelve confuso. El sol del día ilumina tanto que es doloroso. Las sombras acechan en los rincones. Las máquinas dejan de funcionar, misteriosamente. Suceden los accidentes inesperados. Una pequeña tragedia que se encadena a otra mayor...
El enamoramiento trae la Primavera a la vida, pero el miedo es un terremoto, una fuerza caótica y destructiva que se devora así misma, como un agujero negro.
En días como estos, una palabra amable, una sola, puede, literalmente, salvarme la vida. Como el pequeño mecanismo que hace retroceder las agujas del reloj; la piedra maestra gracias a la cual la bóveda puede volver a sujetarse. La estrella polar reflejada en las olas, ese punto luminoso que marca un mapa y mil direcciones en la angustiosa infinitud del océano.
Por favor, digamos muchas palabras amables.
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