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miércoles, 24 de julio de 2013




Vuelvo aquí en otro de mis ratos de aburrimiento existencial en el trabajo. Que es un estar sin estar. Estar porque la comunicación es así: en cualquier momento salta la liebre, y hay que tener la escopeta ya apuntando. Pero sin estar, porque me aburro. Todo el mundo está ocupado en la redacción, gestionando sus noticias. Las mías ya se han terminado. Me encargo de la sección de cine, pero ahora mismo no hay mucho que hacer. Los estrenos en verano, algunos, son tan predecibles...

Ayer, sin embargo, tuve una experiencia bastante dramática. Una experiencia dramática de un segundo, pero qué largo se me hizo. El caso es que desde hace tiempo no sé por qué pero la angustia se me acumula en el vientre y quiero gritar. Y ayer, finalmente, grité, vaya si lo hice. Pero no fue por voluntad propia. Iba caminando por la calle, rápido, ocupada en mis asuntos, cuando de repente me tropecé con el pavimento (la zona del casco antiguo de Madrid es preciosa, pero, como cabe esperar, está vieja). Tropecé, intenté encontrar el equilibrio, pero no tuve suerte. Cuando me di cuenta de que iba a caer, grité. Porque estaba en la calzada y no en la acera, y también porque por el rabillo del ojo vi como un coche se acercaba, y me dio miedo.

Caí en el suelo de bruces, pero me levanté aún más rápido. El coche frenó y varias personas se acercaron para ver si estaba bien. Que lo estaba. Más que nada roja de vergüenza, pero de una pieza, que era de lo que se trataba.

Sin embargo, tengo varios moratones multicolores y raspones diversos. Esta mañana me levanté con la parte derecha del cuerpo dolorida. El porrazo fue más que una anécdota, y parece que no voy a olvidarlo pronto, más que nada por el dolor cada vez que cruzo las piernas o apoyo el brazo sobre la mesa.

Esto es lo que ocurre cuando cosas como la tristeza o la angustia sobrepasan el mundo de las emociones y se materializan en la realidad en forma de dolor y gritos.

sábado, 6 de abril de 2013





La primavera ha llegado a Edimburgo, quizá. Las calles se empapan de luz caramelo. La gente sale en manga corta, con ropas de colores, enfrentándose a los poco más de siete grados con sonrisas y carne liberada. Los niños corretean y en las calles principales se forman muchedumbres que en algo recuerdan a Madrid. Hay festivales al aire libre: música, magos que buscan el sonido de los aplausos y el de las monedas al caer en el sombrero del conejo. Cenas a la luz del día. Y en el aire se huele el campo: prímulas, geranios, heno dulce y todas esas plantas que aparecen descritas en los jardines de Austen, en los campos de alguna de las Brontë. Los árboles no tienen hojas pero el optimismo que ahora siento me da el poder de imaginarlas.

miércoles, 3 de abril de 2013

Jugando con las acuarelas. A ver si es verdad que son terapéuticas.


Qué, Wendy, ¿te apuntas?

martes, 2 de abril de 2013





El cielo brillaba en lo alto y aún así había una tristeza en el ambiente, como una niebla invisible. Intenté ignorar el hecho de que comía en un lugar atestado de gente pero sola. Luego me puse el ordenador consolándome al pensar que dentro de poco tendría una clase. Hay días en los que es mejor evitar plantearse el sentido de la vida: en esa clase de días toda distracción es bienvenida.

Pero han cancelado la clase.

No sabía qué hacer. Daba vueltas por el Internet, este espacio infinito y al mismo tiempo tan opresivo. Es como un agujero negro que nunca termina de expandirse... pero que crece a base de devorar tiempo, nuestro tiempo, esos preciosos minutos, horas y días que nos separan de la muerte.

Fuera hacia frío. Camino. Hay sol en los Meadows, todo es hermoso. Familias con niños y parejas. Pero eso me hace sentir nostálgica porque yo estoy sola. Perdida, de alguna manera, en Edimburgo. Siempre esperando, esperando y buscando.

Caminé hasta perderme en un mar infinito de adosados y casas idénticas. No había nada reconocible, solo tejados y piedra ennegrecidos por la humedad. A penas me cruzaba por gente. Todo era silencioso. Qué silencio reinaba en Edimburgo esta tarde. Incluso los coches parecían moverse con ek volumen al mínimo. Luz y silencio. Un contraste relajante.

Pero volvamos a la gente. No había mucha por esas calles. Y yo estaba perdida. Hasta que, de improviso, reconocí a un chaval que caminaba a buen paso delante de mí. Pelirrojo, con gafas y cara de duende. Un empleado del lugar donde vivo. Al principio tuve mis dudas, pero luego pude distinguir sin problemas el color del unifirme bajo el chaquetón color verde pantano. Así que le seguí, sabiendo que nos dirigíamos al mismo sitio. Hasta que la silueta de Arthur's Seat apareció en la lejania, semi cubierta de nieve. La caminata fue rápida, porque mi inesperado guía parecía tener tanta prisa que hasta corría en algunos tramos (para desgracia mía).

Pero finalmente mi lunes ha adquirido un sentido. Gracias.

Para Wendy F. (Spring is coming #2).



lunes, 18 de marzo de 2013

miércoles, 13 de marzo de 2013




Últimamente las manzanas no me saben a nada. Es horrible. Mi fruta favorita, mi dulce placer diario, mi eterna tentación... ¿Qué ha ocurrido con ellas? Voy a tener que desistir en cogerlas, porque total, cuando una manzana ha perdido su sabor es aburrido morderla. Aunque por fuera siga siendo roja y de apariencia apetecible. No quiero admirarla, quiero degustarla. ¿Qué pasa con mis manzanas?

El domingo fui a ver la película The assesination of Jesse James by the coward Robert Ford (El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford) y me gustó mucho. Especialmente, y con diferencia, la banda sonora. La música es tan hermosa que te transporta directamente a los oníricos paisajes de la película. El protagonista es un bandido, un asesino, la clase de persona que no duda en meter una paliza a un niño o en ponerle el cuchillo en la garganta a algún amigo en un momento de ira. Una joya, vamos. Pero es que cada vez que sale sonaba esa música tan, tan hermosa, que no pude evitar empatizar con él. Pobrecito Jesse James, pensaba. ¿Qué clase de triste pasado le habrá llevado a ese punto? ¿Qué clase de sucesos se llevaron no solo un dedo de la mano izquierda sino también un pedazo de su alma?

Y por supuesto, me dio pena que lo asesinaran, claro. Aunque todo el mérito hay que atribuírselo al poder de la música. Porque en circunstancias normales (y silenciosas) este personaje me hubiera parecido repugnante. Pero no, con una buena banda sonora, todo se arregla, igual que la luz transforma paisajes.

Ahora me viene a la memoria (con ese de que la música es poder) las horrendas melodías de los partidos políticos, esas que suenan cuando los coches corren por las calles anunciando a sus candidatos en tiempo de elecciones. Supongo que esas melodías han sido pensadas y seleccionadas tras numerosos estudios y demás, pero no sé, a mí, lejos de hincharme el corazón de patriotismo o ganas de votar para cambiar el mundo, me dan dolor de cabeza. Son rápidas, repetitivas, burlonas... me recuerdan al circo.

Menos mal que a Jesse James (que por cierto, es un personaje histórico) le ha tocado unos compositores tan buenos como Nick Cave y Warren Ellis.

http://www.youtube.com/watch?v=JUXgxHj4z5Q

http://www.youtube.com/watch?v=pPkeQpDIkA0

http://www.youtube.com/watch?v=UFTd1DrkOMI

http://www.youtube.com/watch?v=QOD3SBiY2vIhttp://www.youtube.com/watch?v=xH0b2TooTxY

http://www.youtube.com/watch?v=V1JQuWev4dI

http://www.youtube.com/watch?v=N3zdYRW7jI0

miércoles, 27 de febrero de 2013



A veces es bueno recordar que las cosas que no se pueden controlar no deberían preocuparnos. Digo que no deberían preocuparnos porque no hay nada que se pueda hacer si no controlamos algo. Es como cuando te gusta alguien pero esa otra persona no te corresponde. Si noy chispa, como quien dice, no hay nada que hacer. No puedes forzar al otro para gustarle. Está fuera de tu alcance. Entonces, ¿para qué preocuparse? O como cuando sale un día gris en Edimburgo. A veces desearía tener un ancla que flotara y fuera agarrando las nubes para apartarlas del sol... Pero las nubes están demasiado lejanas para mis manos (y para todas las anclas que pueda imaginar). Así que, ¿qué sentido tiene lamentarse si no es ni siquiera mi culpa?

Claro que, de decirlo a hacerlo hay no un trecho, pero un océano que se me hace, de tanto en tanto insalvable. Recuerdo ahora que no sé en qué sitio leí sobre la 'higiene mental'. El autor de esta articulo resaltaba una paradoja interesante. Hoy en día la higiene física es algo bastante extendido. A todos nos han enseñado a ducharnos practicamente cada día para no oler a sudor, a lavarnos el pelo, llevar la ropa sin mancha... etc. Las personas que se olvidan de estas pequeñas reglas por lo general sufren un rechazo general... como el que pueden inspirar, por ejemplo, los mendigos que piden, con sus barbas largas y ropas siempre grises, marrones o verdosas.

Sin embargo, lo de la 'higiene mental', nadie nos lo enseña. ¿Qué es la 'higiene mental'? Pues precisamente igual que la física pero en el plano psíquico. Algo así como tener una cabeza limpia. Un mente bien ordenada. En la que los pensamientos últiles relucen como recién lavados, y los que ensucían tan impoluto espacio son desechados sin más. Pero claro, cuando éramos pequeños, aunque nos repetían una y mil veces lo de lavarnos los dientes tres veces al día, no nos explicaban nada sobre el optimismo. Las pèrsonas optimistas tienen un porcentaje de éxito más alto que las pesimistas (en general todos los índices psicológicos son más positivos). Basicamente porque cuando crees que algo te va a salir te esfuerzas y pones todo de tu parte para que se haga realidad. Mientras que, si ya vas pensando que no va a salir bien, tus esfuerzos se reducen (aunque sea a un nivel inconsciente) porque total, quién quiere apostar por el caballo perdedor...

O la molesta vocecita que siempre nos está susurrando. Cuando nos miramos al espejo, cuando alguien nos critica, cuando comemos un pastel estando de dieta. Esa vocecita que resalta (o exagera) nuestros defectos, que nos recuerda lo lejanos que estamos a ese prototipo de perfección que se tiene siempre como modelo a seguir. (Y eso que alguien ya dijo que la perfección no existía...) La 'higiene mental' también consiste en acallar a ese molesto moscardón, entre otras cosas.

Pero por lo general, esto no se enseña en los colegios. Al menos en ninguno de los que yo he ido. Solo puedes acceder a través de los típicos libros de autoayuda, quizá (y entre estos hay que escarvar mucho para encontrar algo decente). O puedes pagarte un curso carísimo con algún profesional de estos que, como una especie de gurúes, han venido a sustituír al viejo cura confesor de los pueblos que antaño se dedicaba a escuchar y aconsejar ante los problemas de sus conciudadanos.

No obstante, pienso que sería interesante que aprendiéramos y practicáramos esa 'higiene mental'. Al ponernos el desodorante por las mañanas, por ejemplo, ¿por qué no limpiar al mismo tiempo la cabeza de pensamientos molestos? Porque a cualquier que me diga que los pensamientos no son importantes... lo siento, me reiré en su cara, y eso que soy una chica bien educada. Los pensamientos son el orígen de la acción. Tanto los conscientes como los inconscientes. Ahí se origina todo. Quién pudiera controlarlos... o leerlos.

Así que voy a dejar de preocuparme por cosas que realmente no corren de mi cuenta. En lugar de eso, me centraré en mi momento alegre de hoy. Eran casi las seis de la tarde y el sol seguía brillando... ¿Puedo explicaros la felicidad que invadió mi espíritu al darme cuenta de algo así? Para quien ha estado viendo ocasos cada vez más precipitados, días muriendo más y más jóvenes desde hace casi seis meses (hasta alcanzar la oscuridad más completa a las tres y media de la tarde, y se dice pronto, pero hay que vivirlo) el hecho de que ahora oscurezca a las seis es casi un milagro. Si hasta los riscos de Arthur Seat han adquirido ahora un tono dorado-rojizo que les siente fenomenal... Les hace lucir... no sé, más amables. Será por las horas de luz y calor. Si es que la alegría del sol ablanda hasta a las piedras...

jueves, 7 de febrero de 2013



He estado charlando con la violinista mientras nos comíamos un muffin enorme de limón en la cafetería de la biblioteca. El tema ha derivado hacia los amigos. Ella me ha dicho que tenía miedo de que al volver a España las cosas hayan cambiado, cosa que ya ha venido notando desde las navidades. Y es que parece una tontería, pero es cierto que ya llevamos seis meses fuera de casa. Y si nosotras cambiamos, lo que hemos dejado atrás también se transforma.

Sin embargo, hasta que ella no lo mencionó no me puse a pensar en ello. No tengo un grupo enorme de amigos esperándome en España, pero es que nunca me han gustado las multitudes. Y con la poca gente con la que quedé pude pasar ratos agradables, pausados, como siempre. No hubo grandes cambios en ese frente.

Aunque si es cierto que a veces me entra una suerte de desolación interna. Desde que el año comenzó, para mal o para bien, mi vida ha dado varios cambios importantes. Estar aquí, en las tierras escocesas, es toda una oportunidad, pero tengo miedo de volver, de no saber encontrarme en Madrid, que de repente se me antoja como algo demasiado pequeño, limitado, comparando con lo que estoy viviendo aquí, en mi primera independencia real.

En cuanto a los amigos, es doloroso ver como se alejan, eso es totalmente cierto. Pero al mismo tiempo, mientras ella hablaba de como 'no se puede tirar de la gente', o 'por lo general la gente pasa' y 'pero claro, a mí me da pena...' pues se me ocurrió que es un error pretender que nuestra felicidad, nuesra paz, sea algo que dependa de otros.



Ya había escuchado esa idea antes ('la felicidad esta en el interior') y cosas semejantes, pero es que creo que hoy, por primera vez, he alcanzado a comprenderla. Aunque haya sido por un fugaz instante.