domingo, 14 de agosto de 2011

                                                 

Manipular, el verdadero significado de la palabra es tan escurridizo como una serpiente deslizándose por las pestilentes aguas de un pantano. E igual de venenoso.

Que me gusta mucho el cine no es ningún secreto, y aunque esto no vaya a ser ninguna crítica formal, si es un comentario sobre una película que refrescó una de muchas calurosas tardes de verano.


La historia que nos presenta esta película es, a grandes rasgos, la de una joven y carismática maestra que da clases de natación a un grupo de chicas internas en una elitista escuela inglesa. Eva Green, actriz a la que el estilo años veinte sienta pero que muy bien, interpreta de manera muy convincente a este personaje lleno de matices, algunos de los cuales son  tan deliciosos como inesperados.


Entre el variopinto grupo de jóvenes alumnas, (no muy encantadas con haber sido excluidas por sus progenitores del verdadero mundo real al ser relegadas a los húmedos encantos de la campiña inglesa) se puede ver un honesto y crudo reflejo del carácter femenino adolescente.


Entre estas jóvenes y prometedoras señoritas (amén que guapas, la verdad es que la única pega de la película es que no muestra los desencantos de la adolescencia) destaca Juno Temple, que interpreta a la cabecilla del grupo, un personaje que va más allá del simple estereotipo según avanza la historia.


Por otro lado tenemos a María Valverde, que da vida a la alumna, casualmente española, que se incorpora durante la historia al internado, dando lugar, como bien se pueden prever mis lectores, a diversos conflictos. 

¿Por qué verla? Bueno, si a alguien le ha interesado el primer párrafo de mi blog, para poder sumarse a la reflexión que en él se expone, al tiempo que saborear el significado de esa palabra. También porque los personajes están muy bien definidos sin caer en lo obvio. Y, finalmente, para alegrarnos de tener unos padres lo suficientemente humanos para no habernos abandonado en semejante cárcel (eso sí, muy elegante) que también puede llamarse colegio-internado. Y sí aún os quedan dudas, ¿por qué no ver el trailer? Aún queda mucho verano...








jueves, 11 de agosto de 2011



Podemos odiarlas cuando nos rechazan, aborrecer su mal genio o sus comentarios poco afortunados, detestar la manera en la que intentan inculcarnos sus valores, asustarnos cuando vemos en nosotras algún rasgo suyo, despreciarlas por haber tomado la decisión equivocada, pero...

Hay algo que no me negaréis, y es que, ¿hay algo más reconfortante en este mundo que el beso de una madre mientras ves en sus ojos brillar un orgullo y una aceptación más allá del perdón y todos los males posibles?

Sinceramente, para mí no.


Una de las imágenes terroríficas de mi vida fue aquella.

Bajo tierra, en la ciudad que cruza el Tamésis, nos atrevimos a perdernos entre la encrucijada de caminos mi compañera y yo, pensábamos que el simple mapa del metro sería suficiente: un mundo reducido a paradas y colores, bocas que se abren a la luz huyendo de los horrores de las profundidades. Las escaleras mecánicas eran enormes y se introducían hacia dentro con la misma majestuosidad como si lo hubieran hecho en el Averno. Había gente y muchas vías, no en vano nos encontrábamos en lo que dicen fue la capital del mundo y sigue siendo para sus orgullosos con-ciudadanos. Sin embargo, había ajetreo, máquinas removiendo las paredes, enlosándolas de loza blanca... Yo, llevada por mi curiosidad, quise acercarme más de lo debido, inspeccionar de cerca la obra, atravesar las barreras de plástico y tela que los trabajadores habían colocado para evitar que los transeúntes se mancharan de polvo y cemento seco. Y tras ellas vi... vi...

Emparedados, rellenando la pared, decenas, creo que cientos de cuerpos humanos. Miembros azulados, descompuestos, con la rigidez propia del Otro Mundo, rastros violáceos en el rostro, quizá algo que en otro tiempo fue la sangre que corrió por sus venas. Era un amasijo horrible de dedos, brazos, pies y cabezas, totalmente incomprensible, la muerte con seis letras, un terror inclasificable. Supe enseguida quienes eran, víctimas de algo que debería olvidarse, sus ojos abiertos como negándose a dejar atrás el recuerdo de una sangrienta madrugada. Y sin embargo no iban a ser enterrados, sepultados, convertidos en cenizas y esparcidos ante algún hermoso paisaje. Quien muere así, sin explicación ni ceremonia, ¿puede hallar la paz de esas maneras artificiosas? Sus almas prefieran quizá ocupar el espacio donde sus cuerpos mortales estuvieron por última vez, ser parte del terror y de los cimientos que resistieron los artefactos, por siempre jamás, sus huesos se mezclaran con la tierra que pisamos, sus sueños que nos llegarán a través del cableado eléctrico, serán sustento de ese reino sin luz.

Las piezas de loza blanca cubrían esta fosa común con calculada frialdad, los obreros no parecían reparar en lo angustioso de la situación, en como algunas manos y cabellos pendían del techo, casi negándose a desaparecer bajo aquellas cubiertas tan oportunamente colocadas para evitar provocar confusión y otros desagradables sentimientos en los usuarios habituales del metro...

Solo yo sé su secreto.

lunes, 8 de agosto de 2011


Puede que no sea la ciudad más hermosa, puede. Peros siempre será algo parecido a un hogar, un recuerdo, un lugar en el que perderse y con el sutil encanto de un viejo palacio, una emperatriz con demasiados años, a los que nadie, a pesar del tiempo, puede quitar su esplendor.

Si reconocéis al ilustre guardián de estos cielos, no tardaréis en adivinar de quién estoy hablando...

domingo, 31 de julio de 2011



Todo es un espejo, una ilusión, una historia que regala nuestros oídos pero puede hacer mucho daño a nuestros órganos vitales.

Pero hay una cosa sencilla, anodina, a veces ni siquiera reseñable pero que nos muestra la verdad: los detalles, aquellos pequeños, nimios e inconscientes gestos que nadie puede evitar. Son como el rastro plateado y pegajoso del caracol: si uno lo sigue, siempre le acaba llevando a algún lugar interesante.

Un "te quiero" perfecto, calculado al milímetro en un hermoso paisaje al atardecer rodeados de pavos reales... impresionante, sí, pero ya pensado, un papel que cualquier buen actor puede interpretar.

Un "me caes bien" acompañado de una sonrisa y un mágico toque en la mirada mientras la calidez de la voz sugiere confianza. Pero cada gesto se aprende, y muchos pueden forzarlo si se da el caso.

Un "no importa" mientras se encojen los hombros y se esboza una amable expresión de disculpa.

Pero, ¿sabéis qué? Me río yo, de la manera más plena y sincera de las palabras, porque queridos amigos y amigas, nadie mejor que nosotros, los que vivimos de ellas, sabemos que se usan para contar historias. Muchas y muy variadas. Pero las relaciones humanas, la verdadera comunicación entre un ser y otro no se fundamenta en un conjunto de signos regulados por normas, sino en algo mucho más profundo y ancestral que no ha podido ser descrito. Y a quien quiera desentrañar los misterios de nuestras complicadas redes, las que nos atan y atan a otros, no tiene más que leer en los detalles, en esa mano que se apartó en el momento que habría podido hacer de sujeción, esos ojos que no estuvieron allí para reflejar la escena, esos labios que jamás susurraron para traer alivio.

Cuando quiero demostrar algo no hablo, no lo cuento, ¿para qué?



Simplemente intento trazar un camino de detalles, esquelas de un mosaico que expresa lo que deseo. Pero que solo quien yo quiero puede verlo.

miércoles, 27 de julio de 2011




Ya desde que era poco más que una criatura intuía la diferencia, aunque a penas llegaba si quiera a perfilarla: a penas los esbozos de un dibujo hecho a carboncillo.

En el patio de la guardería. Dicen que los niños de menos de dos años son puros e inocentes, dulces criaturitas que desconocen la maldad, pero permitid que os diga que en ese recinto vallado y lleno de arena ya se desarrollaba una sociedad al completo, plagada de líderes, seguidores... y marginados. Ella estaba en medio, he utilizado el género femenino pero realmente no importa, de todas formas nuestra protagonista no tenía conciencia del sexo en esa edad.

A un lado, los niños juegan a tirarse por el tobogán gritando y echándose arena, emulando ser los Power Rangers, la serie de moda ese año. Al otro las niñas se sientan  la sombra, charlando entre ellas, tocándose el pelo o vistiendo a sus muñecas.

Los unos la ignoran, las otras la desprecian.







Que ese fuera uno de sus recuerdos más tempranos tenía que significar algo.

sábado, 23 de julio de 2011



Los que la han llamado pequeña capital no tienen ni idea de lo duro que es recorrerla a pie... ni de los días que tuve que invertir para ver solo una pequeña (pero eso sí, encantadora, como un pastel de limón con florecillas de nata) porción de ella.

Primero un largo viaje en tren, desde el corazón al extremo, desde la profundidad de un país ancestral hasta su primer ojo que mira hacia el mar y al continente: una oreja dispuesta a escuchar los sonidos de la civilización, sus normas y sus cánticos religiosos; una boca dispuesta a comunicarse aunque finalmente resultara que nadie alcanzara si quiera a entender su misteriosa lengua (pero, ¿realmente se tomaron la molestia de escuchar?); una mano tendida hacia ermitaños, viajeros, místicos y artistas.

Y sin embargo, aunque el viaje comenzó con algunos tímidos rayos de sol, tan pronto como la larga oruga metálica roza la urbe una intensa neblina lo envuelve todo: oscuridad y lluvia.




Cuando bajé del tren me esperaba, efectivamente, una de las peores tormentas, de esas en las que sientes que el paraguas no es más que un absurdo objeto de adorno que mejor estaría en la papelera más cercana. Para preguntar el camino hacia el Museo de Arte Moderno (que me habían recomendado visitar) tuve que preguntar a un taxista (esto también era una recomendación, se supone que los taxistas conocen la ciudad como la palma de la mano). Sin embargo, ese taxista sabía muy poco de lo que estaba preguntando, aunque quiso ayudar. Me pidió que me metiera en el coche con él para consultar un mapa. Tras unos segundos de duda (en los que mi imaginativo cerebro valoró la posibilidad de ser raptada y quién sabe qué oscuras torturas ser expuesta) entré, porque con tanta lluvia lo que era seguro es que iba a acabar ahogándome. El buen hombre y yo nos apañamos con su mapa de carreteras, y finalmente, gracias a la inestimable ayuda de este taxista anónimo encontré el dichoso museo.



Ponían una exposición de Frida Kahlo. Una de mis pintoras favoritas. ¿Podría ser mejor?

Sí. Era gratis para los estudiantes.

Tras una extensa visita por el edificio, y tras observar con precaución a unas alimañas que conspiraban en una fuente, me encaminé hacia el centro de la ciudad.


 Me habían comentado que no había pérdida; todo recto desde la estación. Y sí, no me perdí, Simplemente olvidaron mencionar el detalle de los 20 km, porque vamos, llegó un momento que aquí una humilde servidora, que adora caminar, ya no podía ni con su alma.






Y a todo esto ni siquiera había almorzado. Y chaparrones de lluvia (showers) cada tanto, para evitar un acaloramiento con mi marcha, claro, si es que estaba todo calculado...



Cuando alcancé un paradisiaco parquecillo, a penas podía creer que el destino me hubiera concedido un descansito. Y además, no llovía. Aproveché esos deliciosos minutos para engullir, con mal disimulada hambre canina, mi escueto pack lunch. Y justo cuando estaba en mi momento más placentero del día (el yogurt de chocolate con tropezones de galleta y bizcocho) escuché un trueno en la lejanía, acompañado por la repentina humedad de unas gotas sobre mi nariz. Aquello fue demasiado. En pie sobre el banco del parque, blandiendo mi cucharilla, no tuve reparo alguno en  pedir cuentas a los dioses. ¡Tan solo el yogurt... terminarlo...! No era tanto lo que pedía, ¿verdad? Tras este arrebato (que espantó a unos pobres turistas alemanes que andaban por allí) me dediqué a pasear por el parque: petirrojos, gorriones, urracas y palomas poblaban sus cielos... ah, sí, y unas gaviotas tamaño XXL que no solo se dedicaban a asustar a los mencionados animalitos, sino que además nos miraban a las personas con cierto resquemor... (Veáse aquí el tamaño de las gaviota comparada con una paloma bastante grande).


Como luego pareció que la lluvia me daba un respiro (ya me había arruinado la comida, que era lo que le interesaba, evidentememte) me entretuve caminando por las extensas avenidas de la ciudad, que exhiben una amplitud con la que desgraciadamente no podemos contar de Madrid. Todos los edificios son pequeños (la ley regula las alturas, es decir, los rascacielos están prohibidos). Las puertas de estos inmuebles aparecen siempre pintadas de alegres colores. Pero no os dejéis engañar: no se debe esta simpática costumbre al optimismo de sus dueños o a que sean artistas frustrados. Resulta que, por la mañana temprano, cuando uno viene del pub con una borrachera considerable, resulta mucho más fácil identificar tu casa si el color de la puerta es diferente al de las otras, claro está....



En estas andaba yo cuando descubrí el Museo de Ciencias Naturales. Una cosa modesta, (¡pero gratuita!) así que entre solo por mirar. Y quién me iba a decir a mí, el edificio resultó ser alucinante. Todo lleno de animales disecados, el ambiente era inquietante, perfecto para ambientar una película de terror. 


Mientras inspeccionaba las vitrinas cuidadosamente, descubrí... bueno, esto es increíble, agarraos. ¡Me descubrí a mí misma! Un pequeño shika japonés disecado, mirándome con ojitos adorables. Eso sí, para mi desgracia, el shika en cuestión era, dejando a parte lo de adorable, una rata grande sin cuernos ni nada, osea, bastante patético. Nada comparado con los monstruosos irish deer que había a la entrada. Me impresionaron muchísimo, ya que medían como unos diez metros de altura, con una cornamenta de al menos cuatro de ancho... (Ya sé que la foto está movida, pero es que, como estaban prohibidas, la tuve que sacar justo en el instante en que la recepcionista se dio la vuelta para sonarse los mocos, y claro...)



Finalmente, antes de marcharme, hice visita obligada a mi querido amigo, que espero que reconozcáis en la foto. Es la inspiración para muchos de los de mi especie, miradle ahí tan guapo peinado con su chaqueta de botones orientales y zapatos de punta... 



Lo que es más, por si no lo conocíais os dejo una cita suya de esas que marcan un antes y un después en la historia.

Ya para marcharme, avisté incluso un pedazo de cielo azul, lo cual me hizo sentir por primera vez en todo el día esperanzada. Pero no hay que dejarse engañar por tan hermosa vista, pues al volverme descubrí la cruda realidad: una tromba de furiosas nubes negras que me perseguían de camino a la estación. He aquí el contraste, y os juro que era en la misma calle:
La vida es bella...

...¿o no?