miércoles, 23 de enero de 2013
martes, 22 de enero de 2013
La nieve empezó el viernes por la noche. Durante todo el fin de semana ha estado nevando a ráfagas -por lo visto esto es normal en Escocia- pero hoy lunes los copos de nieve han estado cayendo con una rabia ininterrumpida.
Es mi primera vez interactuando con la nieve, con lo cuál aún no sé si decir si me gusta o no. Pero en cualquier caso, es interesante.
Recuerdo el viernes por la noche. Silenciosamente, los primeros copos habían empezado a caer. Yo empecé a asustarme un poco. Primero, porque me quedaba un largo camino por recorrer hasta llegar a casa. Segundo, porque tenía planes para el sábado... y la amenaza de una nevada terrible -esa que dejó a Edimburgo aislado allá por el 2010- zumbaba en mi cabeza. Soy de esa clase de personas que siempre se está preparando mentalmente para recibir el Apocalípsis... just in case.
Así que, ni corta ni perezosa, me metí en el Tesco de camino a casa, empujada por una urgente necesidad de comprar comida por si acaso quedábamos, en efecto, aislados (y también porque quería huír de la nieve y el frío que había en la calle).
Por cierto, para los lectores españoles o aquellos poco acostumbrados a la nieve en general... antes de pensar que soy exajerada, os invito a veniros aquí a la Atenas del Norte y a disfrutar unos momentos de temperatura bajo cero con violentas ráfagas de viento cargadas de copos que se te meten por los ojos y por la boca al tiempo que otros se deshacen en tu ropa de abrigo empapándola por completo... Que la nieve es preciosa, sí, pero tiene un lado oscuro, como todo en esta vida.
Mientras estaba en el Tesco aprovisionándome (al final las provisiones quedaron reducidas a un bote de porridge instantáneo,) me llamó R. para decirme que me había traído la Norton Antology of Theory and Criticism (NATC de ahora en adelante, la biblia de todos aquellos que tienen el honor de ofrendar sus preciosas neuronas al estudio de la Literatura Inglesa). No podía haber elegido un momento más oportuno, pensé. Pero no estaban las cosas para andarse remilgada, teniendo en cuenta que el libro vale tres veces su peso en oro y que esta compañera estaba haciendo gala de empatía y generosidad humana al dejármelo. Así que volví sobre mis pasos hacia la universidad. La nieve ya estaba empezando a cuajar en el suelo. Recuerdo haber visto a unos muchachos ansiosos que la recogían de los parabrisas de los coches (donde había empezado a acumularse) para formar unas pequeñas bolas con las que iniciar modestas batallas de nieve...
| El campús de la universidad, tan solitario como helado... |
Cuando llegué a buscar a mi compañera la encontré en un estado de alegría infantil que me desconcertó. No estaba enfadada por haber tenido que esperar a la helada intemperie a que yo regresara, sino que iba dando saltitos de acá para allá gritando "¡Está nevando!". Cómo si yo no pudiera notarlo en mi pelo empapado, o en la dolorosa frialdad de mis mejillas... Entre tanto entusiasmo yo aproveché para hacer la única cosa práctica: meter la NATC en la bolsa de plástico del Tesco para salvarla de los mordiscos mortales del frío. Iba a despedirme, pero R. habló de no sé qué de ir a los Meadows a jugar con la nieve. Hasta ese momento yo me había comportado con reticencia, asustada ante la posibilidad de acabar aislada en mi residencia por la nieve. Sin embargo, aquella alegría colectiva -que no solo era la de R., sino la de todos los anónimos visitantes en el cámpus cuyos edificios ya dormían, con las persianas echadas- empezó a contagiárseme.
Y así fue como acabamos, efectívamente, en los Meadows. A la luz de una luna creciente y poderosamente brillante. Con el suelo brillante de escarcha y copos de nieve recién nacidos. Los árboles silenciosos, aguatando con majestuoso estoicismo el lento blanquecer de sus ramas, tan poderosamente verdes en primavera y ahora doblegadas bajo el sueño del frío...
Recuerdo que fue un momento especial, mágico. Corriendo en medio de ese lugar salvaje, un parque, a esas horas de la noche, pero aún con gente; no mucha -de todas formas la población de Escocia es molesta- pero sí lo suficientemente variopinta: estudiantes, parejas de amantes... incluso alguna que otra familia. Recuerdo las bolas de nieve pasando a toda velocidad, rozándome en los mejores casos o dándome de lleno en otros. Aunque qué alegría luego de llevar encima la NATC, pues pronto mi amenaza de arrojarla sobre aquel que me ofendiera se volvió más aterradora que todas las bolas del mundo...
| Calton Hill vista desde North Bridge |
El día siguiente amaneció blanco, pero, gracias a los dioses, aquello no significó un encierro obligado en mi residencia. La primera idea de los que habíamos quedado aquella temprana mañana fue la de esconderse entre el polvo y los misterios de algún museo para así huír del frío. Pero pronto la belleza lejana y sugerente de una nevada Calton Hill nos atrapó, y antes de que quisiéramos darnos cuenta subíamos por sus laderas, ahora más peligrosas que nunca, debido al hielo y al frío.
La ardua subida mereció la pena. La blancura era tanta que envolvía de luz al Edimburgo gris, antiguo y misterioso. El ruído de nuestras botas al hundirse en la nieve era tan especial. Un sonido que no había escuchado antes, un crujido que estremecía nuestros espíritus de una manera infantil, casi haciéndonos escuchar el sonido de unos cascabeles lejanos, quizá los de un trineo. Hasta el mar lejano parecía helado; una continuidad transparente de la nieve que nos rodeaba. Y el cielo cambiaba de color, con unos matices increíbles. Tan pronto era gris, como pasaba al azulón, y de ahí al violeta, y luego al dorado, y luego al naranja, y finalmente a unas tímidas pinceladas de azul claro y brillante, como ese de los días de verano...
Y también pude cumplir uno de esos anhelos infantiles que por lo visto había dormido todo este tiempo en mi subconsciente, aguardando un frío blanco e itenso como este que estamos teniendo en Edimburgo. Quise hacer un muñeco de nieve. No me importaban en aquel momento los grito silenciosos de mis dedos congelados incluso dentro de mis guantes. Me puse a agarrar nieve con las manos, primero a tímidos puñados, luego a brazadas. Las manos de A., con años de experiencia en este campo, me ayudaron a moldearlo. R. y N. aportaron las risas y algún que otro arreglo improvisado. Pero yo, la madre de esta criatura, le di todo, hasta mi gorra y mi bufanda, para que en su desnudez estuviera al menos algo protegido del viento, que seguía siendo fuerte y amenazaba con derribarlo.
Me pregunto qué serán estas representaciones echas de nieve, que parte de nuestro subconsciente nos empuja a crear humanoides, a traer a un plano real a los espíritus del frío, la nieve, y todas las cosas frías que duermen en invierno esperando pacientemente la explosión de la primavera. Pues tras la decadencia del otoño, ha llegado la muerte blanca. La escarcha, el frío y el silencio que parecen paralizarlo todo. Donde una vez hubo vida y colores ahora solo queda el vacío monocromático, la nada, una hoja en blanco. ¿Cómo es posible que esta desolación pueda preceder el empuje arrollador de una de las estaciones más poderosamente confusas? Pues el silencio del invierno será roto por el cantar de mil pájaros en un marzo no tan lejano. Pero aún queda para eso. Ahora hay que aguardar. Todo se fue perdiendo en Otoño y el Invierno es la estación de la paciencia. Del regenerarse. Del utero oscuro antes de que las ansisas de vida nos empujen a salir fuera de los cálidos, confortables y limitados refugios...
viernes, 18 de enero de 2013
Ayer recibí este hermoso furoshiki. Recuerdo que, el año pasado, mi profesora de japonés, Kimura-sensei, a la que todo el mundo en mi universidad conoce con el cariñoso (y no es irónico) nombre de Chibi-chan (debido a su baja estatura y sus modales kawaii) profetizaba: 'vas a caerle bien a la gente japonesa'. En aquellos momentos (corría abril, y yo ya estaba más muerta que viva en un pesaroso 2012 del que ahora me alegro de hablar en pasado) yo pensaba que la pobre mujer solo lo decía porque yo era la única en clase que hacía, día tras días, con letra pulcra, los ejercicios que ella mandaba. Vamos, que si alguien me hubiera dicho entonces que al siguiente invierno estaría recibiendo un furoshiki recién llegado de Tokyo no le habría creído. Yo, que este septiembre conocía a mi primera japonesa (que luego resultó ser alguien bastante destacable, cosas del destino) tras haber estado estudiando su complejo idioma durante dos años...
El furoshiki es hermoso. ¿Qué contendrá el de la foto? Y eso me ha llevado a pensar que las personas somos como un furoshiki. El exterior, el envoltorio, suele ser hermoso, de una manera u otra. Sin embargo, no hay nada de mérito en esa belleza que tiene poco de improvisada. Pues ese es el cometido de cualquier envoltorio: busca agradar. No es como la belleza de una puesta de sol en una tarde de enero invernal en Edimburgo. Los árboles desnudos de los Meadows recortan el horizonte, con sus ramas puntiagudas como gritos. La escarcha en la hierba brilla en los últimos rayos del ocaso, y cada brizna es como un mosaico de diminutos diamantes y esmeraldas... El sol cae, como cada día. Si tienes tiempo para observarlo, quizá puedas sentir en tu corazón los latidos de esa belleza. Y si la mala suerte quiere que en esa hora aún permanezcas encerrado entre polvorientos volúmenes en la biblioteca de la universidad, entonces no sentirás más que la impersonal luz de los neones que permanecen, insomnes, alumbrando el estudio desde el techo. Pero no por tu ausencia -la de unos ojos que actuen como sendos testigos- el sol dejará de caer, o las briznas de hierba de brillar... El artificio persigue el encanto, pero la verdadera belleza no necesita mirarse en ningún espejo.
Pero el furoshiki no es más que una máscara. Lo que importa es lo de dentro, aquello que está envuelto. ¿Será brillante? ¿Opaco? ¿Luminoso? ¿Puro? ¿Contaminado? ¿Tenebroso? ¿Benévolo? ¿Malvado? ¿Suave? ¿Áspero? ¿Escurridizo? ¿Intenso? No persigo la belleza, porque la he visto en los Meadows, pero sería presuntuoso exigírsela a las personas, cuando yo misma no soy más que una mezcla de imperfecciones y anhelos. Sin embargo, sí deseo afrontar el riesgo de abrir el furoshiki. Desatar la armonía efímera de su lazo. No quiero miradas vacías o conversaciones vanas. Prefiero enfrentar la angustia de derribar el muro, de sostener el envoltorio entre las manos... para contemplar qué es aquello que esconde. Aunque pueda no gustarme. Aunque no sea más que la sombra de la luz...
¿Qué es lo que habrá dentro de este furoshiki?
http://www.youtube.com/watch?v=MZI6klvnacE
martes, 15 de enero de 2013
Ayer estuvimos jugando al かるた (karuta) un juego tradicional japonés que consiste en juntar refranes populares con imágenes que los representan. Al parecer, -y esto ya lo había visto yo en algunos mangas- se juega en Año Nuevo. Que no está mal, pero no sé. Suena extraño que los japoneses, en uno de los poquísimos días del año en los que nadie trabaja, se dediquen a repasar las perlas de su particular cultura. En especial los niños, como si estas cortas frases -pero cargadas de significado- se encargaran de ir modelando poco a poco sus tiernos cerebros. Hasta lograr formar la conexión neuronal que considera normal el hecho de trabajar en una oficina de siete de la mañana a una de la madrugada...
El caso es que mientras probaba suerte con mis compañeros me hice con tres refranes que me gustaron bastante. (Las reglas del juego son simples: se esparcen las cartas con imágenes encima de la mesa, al alcance de todos los participantes. Luego uno saca una de las cartas escritas y lee el refrán. El primero en encontrar la imágen correspondiente al mismo la coge y se la queda. Al final, el que más cartas con imágen tenga gana).
Y aquí van, todos perfectamente aplicables a mi experiencia escocesa-estudiantil, casualidades de la vida.
さるも きから おさる (Saru mo ki kara osaru).
Este primero significa, literalmente, 'hasta los monos se caen de los árboles'. Lo que viene a ser, en sentido figurado, que no importa lo ducho que seas en algo, todos cometemos errores. O sea, que no importa lo mucho que estudie kanji, día tras días, símbolo tras símbolo. Seguro que en el examen final va a aparecer, camuflado diabolicamente entre sus inocentes compañeros un kanji malvado y desconocido para estos ojitos. Pero no voy a desesperarme, porque si mi sufrido cerebro ha logrado aprender más de quinientos... bueno, es normal que olvide alguno por el camino, ¿verdad?
はな より だんご (Hana yori dango).
Este segundo es breve pero conciso. Literalmente: 'El dango (comida tradicional japonesa) es mejor que las flores'. En español quizá tendría el equivalente de 'Más vale pájaro en mano que ciento volando' aunque realmente el significado es distinto. Porque lo que nos quiere decir este refrán es que las cosas prácticas tienen más valor que aquellas que solo poseen un valor estético. He de decir que no soy de esa opinión -soy una artista, mi vida se basa en el mundo estético y de las cosas invisibles y sin utilidad aparente- pero puedo empatizar con la persona que inventó este refrán. Probablemente lo que ella o él quería decir es que el おはなみ (ritual tradicional japonés que se sigue practicando hoy en día y consiste en ir a ver los cerezos florecidos en primavera) puede ser muy bonito, pero uno no se fija en las florecilla si tiene el estómago vacío y se muere de hambre. Osea, que más vale primero merendarse un dango, y luego ya, salir a ver los cerezos o lo que el destino disponga. Y aquí ya estoy más de acuerdo, porque a mí me pasa lo mismo por las mañanas. Antes de enfrentar el nuevo día, necesito desayunar (y además consistentemente). Si no, directamente no se me puede llamar ni persona, pues mi mente (y mi cuerpo) siguen en el mundo de lo etéreo.
いぬも あるけば ぼうに あたる (Inu mo arukeba bouni ataru).
Este es mi favorito. Literalmente, quiere decir 'si un perro sale a pasear solo acabará siendo golpeado por un palo'. Antiguamente, el sentido metafórico se refería a que si uno 'pasea' sin objetivos, metas o dirección alguna, probablemente acabará encontrándonse con algún altercado indeseado. Sin embargo -y aquí viene lo curioso- con el paso del tiempo, este significado negativo se a transmutado en uno positivo. Al día de hoy, este refrán vendría a decir algo así como que si uno no sale por sí mismo 'al mundo' no encontrará nunca un palo con el que jugar. Esto viene de que ahora la gente ve a que los perros le gustan los palos (yo creo que se deben referir a que los perros suelen disfrutar cuando su amo les tira un palo, que obviamente, no es lo mismo que si les golpean con un palo, que era el significado literal, pero bueno, se ve que los japoneses lo interpretan como quieren). Osea, que 'el que no arriesga no gana'. O, lo que es lo mismo, era necesario que yo aterrizara aquí en Edimburgo -aunque al principio me sientiera completamente perdida y me llovieran algunos palos, ja, ja, ja- porque ahora he encontrado otro palo más amable con el jugar.
En fin, alegres perros -y animales en general-. A veces envidio su mirada limpia, libre de estas tribulaciones mentales que -me lo parece a mí- nos encadenan a los seres humanos.
Estudios recientes de la Universidad de Ohio han demostrado que tendemos a considerar nuestros pensamientos como objetos físicos. Se ha comprobado que si escribimos dichos pensamientos en una hoja de papel y luego arrojamos el papel a la basura, los descartamos mentalmente. Pero si escribimos los pensamientos en un papel que luego guardamos en nuestro bolsillo, es más probable que lleguen a hacerse realidad durante el día. Sin embargo, no basta con imaginar el proceso mentalmente, sino que es necesario llevar acabo el acto físico.
-Treating thoughts as material objects can increase or decrease their impact on evaluation, Pablo Briñol et al. Phsycological Science, 2012, Ohio University.-
Esto, ni más ni menos (en un artículo de más extensión y en inglés, lo de arriba es una traducción mia) es lo que he leído esta mañana mientras me tomaba el café. Honestamente, me ha dado qué pensar. Puede que algunos consideren esta tesis ridícula. No es de extrañar. Bien entrado el Renacimiento, los científicos y pensadores del momento tampoco contemplaban la idea de que el sol (y no la tierra) fuera 'el centro del universo'. La teoría heliocentrista ya se había valorado en los tiempos de los antiguos griegos, pero eso no salvó a Copérnico ni otros valientes que acabaron quemados en la hoguera por unas ideas demasiado atrevidas. A la Iglesia Católica no le gustaba pensar que el hombre, hecho a imágen y semejanza de Dios, tuviera una posición modesta en la bóveda celestial. Hoy en día, sin embargo, los científicos afirman que no somos más que una simple mota en medio de miles de constelaciones y planetas mucho más brillantes que el nuestro...
Lo que pretendo decir con este bien conocido ejemplo, es que la magia de ayer puede ser la ciencia del mañana. Y digo 'magia' porque esto de escribir los pensamientos en un papel que se arroja a la papelera o se lleva en el bolsillo me ha recordado inevitablemente al proceso de formular un hechizo. Efectívamente. Los sortilegios, la magia en general, existe en todas las culturas. A través de esta 'energía' se pretende controlar unas fuerzas tan poderosas como desconocidas. Los rituales a su vez se basan en una serie de acciones preestablecidas, que muchas veces son un reflejo simbólico del subconsciente o aquello que no puede ser explicado o controlado. Como los pensamientos en nuestra mente, que son como barcos sin timón en un mar caprichoso.
Y para qué negarlo... la palabra escrita tiene algún tipo de poder. Y digo escrita a mano, que no tecleada en un dispositivo electrónico. Que ya ha habido otros experimentos (que por pereza no cito, que esto es un blog que llevo en mis ratos ociosos, no mi tesis universitaria) que demuestran que las conexiones cerebrales que se activan al escribir a mano son diferentes a esas que he mencionado. Y no me tachéis de retrógrada: yo escribo a ordenador también mis trabajos creativos, que siento que así me ahorro el insufrible proceso de tener que pasar -antes o después- cientos de páginas a la máquina. (Ya lo he hecho antes, y he de decir que detesto la tortícolis que conlleva el estar mirando alternativamente la pantalla del ordenador y la página de papel). Pero las cosas importantes, las que quiero que se queden grabadas en mi mente (esto es, apuntes de la universidad, por ejemplo) siempre las tomo a mano. Igual que mi cerebro no asimila igual de bien lo que leo en la pantalla del ordenador a lo que puedo leer en un libro, lo que escribo a mano 'conecta' antes con mis neuronas.
¿Será mi cerebro de humanista? Puede. En cualquier caso, voy a empezar a hacerlo, lo de escribir mis pensamientos más recurrentes en post-its, y luego, al bolsillo o a la papelera. Porque no sé si eso hará que mi subconsciente los elimine o realce. Pero suena divertido, sobre todo lo de arrojar a la papelera algún mal augurio. Liberador...
lunes, 14 de enero de 2013
| Si os fijáis bien se ve la nieve caer... |
Hoy el día no ha podido empezar mejor. Una tonelada de cosas que desempacar... y tras la ventana, la nieve cayendo de la manera más furiosa que pueda imaginarse. ¡Cómo si el día azul de ayer hubiera sido un espejismo, una cruel broma con la que Edimburgo quiso saludarme! Qué queréis que os diga, me sentí timada esta mañana. ¿Dónde estaba el optimismo y los buenos deseos para este año aún tan joven? El cielo gris y la capa de nieve quebradiza que empezaba a formarse en el suelo no auguraban nada bueno...
En el brunch, más de lo mismo. Resulta que la máquina que lava los platos está rota, con lo cual nos vemos forzados a comer con vasos, platos y cuencos de plástico... que eso tiene un pase, pero claro, luego que venga alguien a intentar cortar la carne con ese trozo de plástico con una forma que recuerda vágamente a la de un cuchillo... Misión imposible. Vale más emular a los árabes y todas esas culturas que, tan sabiamente, se limitan a coger la comida con las manos. Y así, a dentelladas, puede una al final comerse el bistec...
| Arthur's Seat |
Sin embargo, el contacto humano, como de costumbre, reconforta bastante. Y después de una doble dosis del tan merecido roce con otros compañeros, me he largado a recorrer Edimburgo. Pese a las miradas perplejas de todos los demás, yo me he enfudado mi goretex, mis buenas botas, me he calado la gorra... y allá que me he ido. Ya no nevaba... Pero ha sido una buena oportunidad de lograr una fotos invernales y qaquí tenemospreciosas. Porque tengo la sensación de estar viviendo el primer Invierno (en mayúscula) de mi corta vida.
| Arthur's seat en el alegre verano |
| Arthur's seat... ahora. |
Claro que estamos en Invierno, y claro, el paisaje actual ha cambiado ligeramente.
| El árbol cortado acentúa el aire melancólico... |
Mientras caminaba, hacía un frío tan intenso que regresó una sensación que ya olvidé en España: cuando tienes las manos tan frías que los dedos empiezan a dolerte tanto que parece que se te van a caer. Sin embargo, he de reconocer que sentir el viento helado en las mejillas era de lo más vigorizante. Cuando llegué al centro de los Meadows, me acerqué a la pequeña cafetería que tienen en medio. Obviamente, con el tiempo que había, estaba cerrada. Pero me gustan ese tipo de sitios. Me recuerdan a España, donde las terrazas se estilan tanto (¡hasta en invierno!)
| Las mesitas las ponen sobre el cesped... ¡y ale! |
La verdad es que me han encantado los dibujos que tenían pintados sobre las contraventanas cerradas del café. Una mezcla inexplicable de estilo celta-fantástico que me ha dejado fascinada, como quien contempla los cuadros de un particular museo.
| ¿Alguien me explica por qué crecen los ciervos de la planta? |
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Y el cartel que avisaba que en primavera volverían a abrir, pero que mientras dure el invierno las puertas del café permanecerán cerradas, mientras el espíritu de las cosas cálidas permanece dormidito dentro... como el oso en su cueva de la montaña. Además, había otro mensaje escrito al final (¿quizá una nota de esperanza?)
Nuestro miedo más profundo no es ser mediocres. Nuestro miedo más profundo es ser poderosos, más allá de toda medida. Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que nos asusta. Nos preguntamos: ¿cómo podría yo ser brillante, hermosa, con talento, o maravillosa? Y sin embargo, realmente, ¿qué es lo que no puedes llegar a ser? Eres hija de los dioses. Empequeñecerte no le sirve al mundo. No hay nada de valeroso en arrugarse para evitar que otra gente se sienta insegura a tu lado. Has nacido para manifestar la gloria de los dioses que existe dentro de cada uno de nosotros. No está solo en algunos, sino en TODOS. Y al permitir que nuestra luz brille, inconscientemente le damos permiso a otra gente para hacer lo mismo. Al liberarnos del miedo, nuestra perseverancia automáticamente libera a otros.
-Marianne Williamson- El regreso del Amor.
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sábado, 12 de enero de 2013
Hoy he regresado a tierras escocesas.
Tenía mucha razón aquella persona que, antes de venir aquí, me señaló 'Escocia es un lugar que acoge. No importa de dónde seas, al partir siempre te sentirás un poco de allí'. Y qué razón. Solo llevo tres meses, pero volver, lejos de ser una experiencia difícil o triste, me ha procurado una suerte de alivio.
Ya desde el autobús que conecta el aeropuerto con el centro de la ciudad me he sorprendido a mí misma señalándole con entusiasmo a un improvisado compañero las diferentes formas de la ciudad que tienen un significado para mí.
-Mira allá, esto es New Town, todas las casas son de estilo victoriano, como en Londres...
-Fascistas, fascistas... -señalaba un viejo francés sentado en la esquina, en un español vacilante.
-Sí, bueno, es la zona posh, pija... -traducía yo a mi compañero-. Yo vivo en Old Town, la ciudad de los estudiantes, más medieval y tenebrosa....
Y al rato:
-Allí el castillo, míralo, sobre la montaña. ¿no es hermoso? Y allí abajo los jardines de Prince Street (y se veía la fuente de la musa).
-Lago -decía el francés. Y todo el mundo pensaba que estaba loco, con aquella retaíla de palabras en español que bien hubiera parecido fruto del azar. Pero yo le comprendía, porque aquellos términos despertaban recuerdos de la ciudad en mi mente.
-Sí, antes esa zona bajo el castillo, donde los jardines, era un lago... (Pero no cuento que ese lago era en realidad un pantano producto de las aguas fecales y demás deshecho de un Edimburgo medieval y muy, muy sucio. Eso sí, los jardines de Prince Street se llenan de flores en la estación cálida... ¿será ese estallido de brillantaes colores producto del abono de siglos?).
Y así hemos bajado en Weberly Station. Nos hemos dirigido hacia North Bridge -qué lejano y alto al mismo tiempo, y qué belleza al contemplar Salisbury Crags, imponentes y doradas al atardecer tras él-. Finalmente, he acabado dejando al muchacho a las puertas de su punto de llegada, una pensión en una de las calles que nacen como venas de la arteria principal que es Royal Mail. En pleno corazón de Old Town.
No puedo evitar pensar como cambian las tornas. Hace unos meses era yo la que aterrizaba nueva en esta ciudad, sin saber si quiera dónde estaba la universidad. Y ahora, no tanto tiempo después, no solo me regocijo al caminar por sus calles, sino que además soy capaz de transmitir a otros todo lo que Edimburgo me hace sentir... Hermosa metrópoli esta. Y además, hoy me siento optimista. Porque ya daban las cuatro de la tarde... ¡y seguía siendo de día! Podremos estar en lo más crudo del invierno, pero, lentamente, el sol va reclamando su reinado.
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