En los días de sol, los secretos de Londres permanecen ciegos y entonces la metrópolis, capital del Imperio, se presenta brillante y lustrosa. Engalanada con un río Tamésis reluciente y el edificio enorme del Parlamento -en contraste con el pequeño y casi modesto Buckinham Palace y sus soldados de juguete- la ciudad te enreda entre sus calles. Primero se baja hasta Hyde Park. Luego por St James Street se llega hasta Trafalgar Square y desde alli hasta el exotismo de China Town y la lujuria del Soho. La nariz y las mejillas coloradas por el frío. Pero en el corazón permanecen grabadas las palabras de Wordsworth. Earth hath not anything to show more fair...
martes, 19 de febrero de 2013
En los días de sol, los secretos de Londres permanecen ciegos y entonces la metrópolis, capital del Imperio, se presenta brillante y lustrosa. Engalanada con un río Tamésis reluciente y el edificio enorme del Parlamento -en contraste con el pequeño y casi modesto Buckinham Palace y sus soldados de juguete- la ciudad te enreda entre sus calles. Primero se baja hasta Hyde Park. Luego por St James Street se llega hasta Trafalgar Square y desde alli hasta el exotismo de China Town y la lujuria del Soho. La nariz y las mejillas coloradas por el frío. Pero en el corazón permanecen grabadas las palabras de Wordsworth. Earth hath not anything to show more fair...
sábado, 16 de febrero de 2013
Corría el año 1945 cuando un sol más brillante que mil soles iluminó por primera vez las antiguas calles de la ciudad de Hiroshima.
De lo que allí aconteció se sabe poco. Los médicos estadounidenses que trataban a las víctimas mientras se volvían unos momentos para anotar en su libreta datos científicos, guardan silencio. Y a Hara Tamiki, el primer testigo, le aculsan de sensible, artista afeminado e hipocondriaco que no supo (o no quiso) sobrevivir al Apocalípsis.
En 1945, la Universidad de Edimburgo, conmovida, como el resto de Europa, realizó una donación a la Universidad de Hiroshima, de la que probablemente poco quedara entonces salvo el nombre y la idea abstracta de lo que una vez había sido el Japón todopoderoso e imperialista. Dicha donación consistía en seis libros (¿literatura escocesa?) y dos libras, que tenían como objetivo el servir de sustento para la plantación de un árbol.
Tamaño gesto conmovió tanto a los habitantes del país del sol naciente que hoy, sesenta y ocho años después, han enviado una carta de agradecimiento para la Universidad de Edimburgo... y unos presentes.
Dichos presentes nos los ha mostrado el profesor hoy en clase, con los ojos brillantes de la emoción. Son tres rocas. Pedazos de edificio. Procedentes del epicentro de lo que fue la primera bomba atómica que estalló en la historia. El profesor nos ha mostrado esa cara de la roca con un relieve extraño, antinatural, el efecto de un intenso calor, ese más abrasador que el de mil soles.
Yo las he sujetado la primera. Como os `podéis imaginar, no fue una sensación agradable. Dicen que las piedras están muertas, pero quien sabe si ni es que guardan recuerdos. Las pase enseguida a los compañeros.
-¿No serán radiactivas? -le pregunté, medio en broma al profesor.
-No, qué va, el efecto se habrá pasado ya hace tiempo -me respondió con una risita nerviosa. Y supe que, aun con todo, él no pensaba guárdarselas en su despacho.
Es un regalo curioso. ¿En respuesta, quizá, a la evidente tacañería de una universidad europea? Pues no hay árbol cuya sombra proteja de ese sol que brilla más que mil soles.
viernes, 8 de febrero de 2013
Fui a ver esta película el otro día. Había escuchado ya bastantes críticas, tanto de gente conocida como de los medios, y en su mayoría eran negativas. No obstante, eso no me echó para atrás, como tampoco la duración de la película en sí -rozando las tres horas- ni el viento helado que soplaba en Edimburgo aquella noche... (vale la pena destacar que entre el cine y mi casa hay unos cuarenta minutos de trayecto a pie, Meadows de por medio).
Y finalmente he de decir que me alegro de haber invertido mis buenas siete libras en esta historia. Aunque haya gente que me pregunte por qué demonios me gustó lo que ellos consideran 'la peor película que he visto nunca'. Eso precisamente clamaba el Autónomo Rubio esta tarde, al mismo tiempo que exigía saber mis razones.
Como si el arte necesitara de explicaciones.
En cualquier caso, tampoco tengo problema en responder a esa pregunta. ¿Que por qué me ha gustado Django Desencadenado?
Para empezar, soy una fan de Tarantino, lo confieso. No he visto todas sus películas habidas y por haber, pero las que sí, me han encantado todas. Considero que este director tiene un estilo muy personal que me encandila. La violencia extrema, los diálogos novelísticos, las escenas surrealistas, la música que elige y que pone la guinda a los mejores momentos de sus historias... Una de las primeras películas de Tarantino que vi fue Death Proof. Me pareció una obra maestra. La primera hora de la película es extraña en tanto que no parece seguir ningún objetivo definido, simplemente está llena de diálogos y una sucesión de escenas en las que el espectador se siente como un mero testigo. Pero la hora siguiente la cosa coge ritmo y el final... es tan gamberro como genial. Altamente recomendable. Luego vi Malditos Bastardos, que tiene momentos tan hilarantes como tensos. Oh, sí, recuerdo la tensión que sentí viendo esa película. En ese sentido, creo que Tarantino logró captar la atmósfera del nazismo, aunque su final fuera tan personal. Y finalmente, Pulp Fiction... ¿qué puedo decir de esta película? Sencillamente genial, una de las mejores qué he visto.
Por otro lado, me encantan los personajes de Tarantino y la manera que tiene de manejar a los actores. Me explico. Cristoph Waltz es un actor austriaco que hacía de nazi en Malditos Bastardos. Cualquiera que haya visto esa película estará -espero- de acuerdo conmigo en que su personaje es... dejémoslo en repugnante. Y como fue el primer papel que vi de este señor (el pobre Waltz) bastaba con ver su cara en cualquier otra pelicula para que el sentimiento de aversión regresara (sé que es injutso, pero...) Por otro lado, Samuel L. Jackson tiene un papel mítico en Pulp Fiction. Su personaje no es que sea la bondad personificada (de hecho, se dedica a matar gente), pero sí se puede empatizar con él y afirmar que tiene una suerte de carisma. Y sin embargo, en Django Desencadenado Tarantino logra -no sé cómo diablos, pero el caso es que lo consigue- que una termine amando amando a Cristoph Waltz y ciertamente odiando al pobre de Samuel L. Jackson... La clave está en los personajes de ambos, el Doctor Schultz y el mayordomo, ambos interpretados con total maestría por estos dos muchachos que la verdad, me han dejado sin palabras. Bravo por los dos. En especial la cara de asco que pone Samuel L. Jackson cuando sale por primera vez. Dioses, casi podia sentir como emanaba esa energia de disgusto y repugnancia desde la pantalla... ¡Bravo!
En cuanto al Doctor Schultz, se merece un parafo aparte. Aparece bien al principio, y sus diáolgos reposados e irónicos ya indicaban que ahí iba a haber una masacre en cero coma (siempre es igual con Tarantino, y es algo que me chifla). Y del Doctor no solo me gusta el hecho de que conduzca el carro más elegante de todos los polvorientos caminos del oeste. Tambien me gusto las razones que le da a Django al explicarle su peculiar actitud (empatizé con el en ese momento, no pude evitarlo). Al ser tambien un extranjero (alemán) se entiende que sea capaz de atravesar barreras y prejuicios y llevarse bien con el protagonista, que de hecho, le debe la vida. La fraternidad internacional es algo que yo siempre he sentido desde que empece a viajar. Parece como si lo prejuicios, en la mayoria de los casos, no fueran cosa de razas, sino de localización. Me explico: uno puede sentirse racista en su casa, por asi decirlo, porque allí se encuentra respaldado por otros. Pero al estar fuera de lo conocido, es muy dificil seguir manteniendo esa actitud. Es por eso que las personas acostumbradas a viajar tienden a ser mas abiertas. En realidad, incialmente esa apertura suele ser una forma basica de supervivencia. Volviendo al Doctor Schultz, tambien me encantó su ultima escena. Si, lo sé, es horrible. Pero que quereis que os diga... yo, en su situación, tampoco habría podido evitarlo. Honestamente.
Ademas, también está la manera -gamberra, eso lo reconozco- que tiene Tarantino de ver el mundo. Sobre todo encuentro destacable su sentido de la justicia. En todas sus películas parece que el director tratara de purgar algún tipo de crímen. Esa clase de acontecimientos horribles en los que el lado más oscuro de la humanidad queda al descubierto...esa clase de acontecimientos son los que Tarantino nos presenta en medio de litros de sangre y violencia para que luego, ¡zas! una especie de justicia divina se encargue de poner a aquellos que han obrado mal en su sitio. (Lo que no quiere decir que los buenos vayan a salvarse y haya un happy end, Tarantino tampoco peca de cursi ni mucho menos). En Death Proof era un asesino misógino. En Malditos Bastardos, los nazis. Y ahora, en Django desencadenado, la esclavitud en Estados Unidos. Temas polémicos, a veces delicados, que Tarantino expone de manera peculiar pero sincera, obviando el melodrama y logrando que empaticemos con el al mostrar los sentimientos mas basicos y desgarradores del conflicto. Sin sacarina ni adulzantes, solo si a caso con un toque de pimienta estridente y surrealista. Poco importa que a veces se aleje de la verdad, pues, ¿quién sabe que paso realmente en ultima instancia? Al final todo se reduce a las historias que nos quieran contar.
Django desencadenado es un western atípico. No he visto muchas películas de vaqueros, pero me imagino que los que sí estén más versados en la materia serán capaces de pillar todos los guiños. Lo que es yo, aunque siento que hay cosas que me he perdido, me he reído de lo lindo con algunas escenas. Por otro lado, al ser una película de aventuras a mí me mantuvo el interés en las tres horas, sin que este decayera en ningún momento. El nivel de violencia no me pareció excesivo -en Tarantino, claro- aunque reconozco que hubo una escena -los dos hombres luchando en el salón junto a la chimenea- en la que tuve que apartar la mirada. Pero no me avergüenzo, porque estoy segura de que eso es precisamente lo que Tarantino pretende con tanto crujido de huesos al quebrarse.
Y una de las cosas que también me ha parecido todo un acierto ha sido la manera que el director ha elegido combinar música moderna (rap incluído) con las diferentes escenas de la película.
En resumidas cuentas, yo si la recomiendo. De la misma manera en la que pienso que Los Vengadores fue una de las mayores bazofias que mis ojos tuvieron la desgracia de contemplar (seguida de cerca por lo que para mi es otra aberracion, Capitán América) os recomiendo encarecidamente ir a ver Django Desencadenado. Estabos hablando de cine de Hollywood en ambos casos, pero para mí la diferencia esta mas que clara. Avisados quedais.
jueves, 7 de febrero de 2013
He estado charlando con la violinista mientras nos comíamos un muffin enorme de limón en la cafetería de la biblioteca. El tema ha derivado hacia los amigos. Ella me ha dicho que tenía miedo de que al volver a España las cosas hayan cambiado, cosa que ya ha venido notando desde las navidades. Y es que parece una tontería, pero es cierto que ya llevamos seis meses fuera de casa. Y si nosotras cambiamos, lo que hemos dejado atrás también se transforma.
Sin embargo, hasta que ella no lo mencionó no me puse a pensar en ello. No tengo un grupo enorme de amigos esperándome en España, pero es que nunca me han gustado las multitudes. Y con la poca gente con la que quedé pude pasar ratos agradables, pausados, como siempre. No hubo grandes cambios en ese frente.
Aunque si es cierto que a veces me entra una suerte de desolación interna. Desde que el año comenzó, para mal o para bien, mi vida ha dado varios cambios importantes. Estar aquí, en las tierras escocesas, es toda una oportunidad, pero tengo miedo de volver, de no saber encontrarme en Madrid, que de repente se me antoja como algo demasiado pequeño, limitado, comparando con lo que estoy viviendo aquí, en mi primera independencia real.
En cuanto a los amigos, es doloroso ver como se alejan, eso es totalmente cierto. Pero al mismo tiempo, mientras ella hablaba de como 'no se puede tirar de la gente', o 'por lo general la gente pasa' y 'pero claro, a mí me da pena...' pues se me ocurrió que es un error pretender que nuestra felicidad, nuesra paz, sea algo que dependa de otros.
Ya había escuchado esa idea antes ('la felicidad esta en el interior') y cosas semejantes, pero es que creo que hoy, por primera vez, he alcanzado a comprenderla. Aunque haya sido por un fugaz instante.
miércoles, 6 de febrero de 2013
En ocasiones las hay artistas dotados de una suerte de inspiración divina tal que, juntando unas palabras, unos simples párrafos, son capaces de resumir conceptos que otros dirían indescriptibles.
Este es el caso de Charlotte Perkins Gilman. Se ha hablado mucho de la mujer en la literatura. De su belleza, como la Helena de Homero; de su inocente bondad, como Doña Inés en Don Juan; de su papel de guía celestial, como la Beatriz de Dante. También como la madre bondadosa y entregada, cuyo arquetipo se realiza en el personaje de la Virgen María. Sin embargo, también hay un lado oscuro, un sufrimiento silencioso que todas las hijas de la Diosa hemos sentido alguna vez. No porque hayamos nacido con él -no nos equivoquemos, nadie sufre por gusto, y en esto las mujeres no somos la excepción- sino porque muchas veces la sociedad patriarcal es como un perro asustado que nos muerde. Y nosotras, claro, sangramos.
De este dolor, esta opresión, habla Charlotte en su historia El Empapelado Amarillo (The Yellow Wallpaper). Son apenas unas páginas narradas en primera persona, con un estilo claro y directo, como el que usa alguien que escribiera deprisa, con unrgencia, sabiendo que en cualquier momento puede ser sorprendido y por eso no puede entretenerse en adjetivos o subordinadas. Un estilo que transmite la tensión y claustrofobia de su protagonista sin necesidad de que la autora tenga deshacerse en explicaciones.
La historia es sencilla: una joven esposa es confinada en una vieja mansión de verano por su marido y su hermano, ambos médicos reputados. El orígen de sus dolencias -mentales- parece ser una depresión post-parto, ya que en un punto de la historia se menciona a un bebé del que la han separado y al que no le permitirán ver hasta que se encuentre mejor. Sin embargo, ante la imposibilidad de hacer nada que no sea estar tumbada en la cama, la protagonista empieza a ponerse cada vez más y más nerviosa. Angustiada por el empapelado amarillo de la estancia donde la obligan a reposar -ella quiso cambiarlo nada más llegar, pero su esposo consideró que era un mero capricho- empieza a imaginar formas en los relieves. Primero son imágenes abstractas que poco a poco se van volviendo más oníricas y hasta monstruosas. Al final, ella misma se cree parte del empapelado de la parez, confinada por siempre y jamás, atrapada pero al mismo tiempo liberada de toda esa 'racionalidad' -la de su esposo y médico- que ha sido lo que definitivamente ha acabado con su salud mental.
La historia me ha encantado. Me ha recordado a los cuentos de Poe, un escritor que también sabía navegar en la psique humana y mostrarnos sus esquinas más puntiagudas, sus aspectos más terribles. Me ha parecido muy interesante el uso de la palabra 'creep', que aparece varias veces en el texto. 'Creep' empieza siendo un adjetivo, cuyo significado es 'repugnante'. La protagonista lo usa para describir el viejo y húmedo empapelado de las parades. Pero luego 'creep' pasa a ser un verbo, cuyo significado es 'deslizarse' o 'trepar'. Primero son los motivos del empapelados los que se deslizan, cambiando de forma en su imaginación. Y finalmente es ella la que trepa para acabar formando parte del mosaico, devorada por su propia locura.
Los personajes secundarios están muy bien dibujados. El hermano médico ausente. El esposo, también médico, que se dirige a ella llamándola 'little girl' ('pequeña, niñita'). La hermana del esposo, que lejos de empatizar con ella se convierte en una silenciosa carcelera que acata la voluntad de los varones. (En este personaje se siente también una clase de reproche, quizá hacia la joven madre por no haber sido capaz de 'hacer frente a su papel', pues la única misión de la mujer desde tiempos inmemoriables ha sido la de criar, y aquellas que fracasaban tenían que soportar el estigma).
Esta historia, de hecho, está basada en hechos reales y es autobiográfica. La autora, Charlotte Perkins, era una estadounidense nada puritana. De hecho, a la edad en la que la mayoría de sus contemporáneas ya estaban criando sus primeros hijos, ella sola ya se había labrado no solo una educación sino una carrera artística y literaria. Se casó, tras pensárselo mucho, a los veitiseis años (una edad algo tardía para la época) con un pintor. Un año después nació su primera hija, sumiendo a la escritora en una aguda depresión post-parto. En contra de la costumbre de la época, Charlotte acudió a un médico, uno de los neurólogos más reputados del país. La decisión que tomo no puedo ser más desacertada; el médico, tras diagnosticarla de 'nervous prostration' (cansancio nervioso) y tras un aislamiento severo, la volvió a mandar a casa con la siguiente recomendación:
'...devote yourself to domestic work and to your child, confine yourself to, almost, two hours of intellectual work a day and never touch a pen, a brush or a pencil as long as you live'.
(...dedíquese en exclusiva al hogar y a su hija, céntrese en hacer, al menos, dos horas de trabajo intelectual al día y nunca en su vida vuelva a tocar un bolígrafo, un pincel o un lápiz.)
Como puede observarse, es el consejo idóneo par una artista de la talla de Charlotte Perkins. Para suerte suya -y de nosotros, sus lectores- Charlotte tenía una depresión pero aún guardaba algo del sentido común que le faltaba a su neurólogo. Así que no dejó de escribir. En lugar de eso se separó de su esposo y se dedicó a viajar con su hija por toda la costa Este, al tiempo que se dedicaba a dar charlas y clases en las universidades -todas ellas de tinte feminista-. Y se le pasaron todos los males. Qué extraño, ¿verdad?
Sin embargo, su traumática experiencia con el neurólogo -no voy a mencionar el nombre- dio pie al relato del que he hablado antes. Huelga decir que le costó mucho publicarlo porque no casaba con los estándares de la época, y fue pretendídamente malinterpretado por la crítica que solo se quedó con la locura de la mujer y no con qué (o quién) se la causaba. Pero Charlotte lo tenía muy claro. En sus ensayos posteriores, llegaría a escribir que las mujeres son tratadas por la sociedad como caballos o vacas, en tanto que, como estos dos anteriores, su única función (permitida) es la de hacer más fácil la vida del hombre. La metáfora puede parecer un poco cruda. Pero es ampliamente conocido que la verdad no es una cara amable, sino, muchas veces, un cuchillo bien afilado.
Otra de las cosas que me ha gustado es la manera en que la autora presenta 'los nervios' femeninos.
'You see he does not believe that I am sick!
And what can one do?
If a physician of high standing, and one's own husband, assures friends and relatives that there is really nothing the matter with one but temporary nervous depression -a slight hysterical tendency- what is one to do? [...]
Personally, I believe that congenial work, with excitement and change, would do me good.
But what is one to do?'
(¡Pero es que él no se cree que yo esté enferma!
¿Y qué puedo hacer?
Si un médico de conocida reputación, y al mismo tiempo marido, asegura a los amigos y familiares que no hay nada de qué preocuparse salvo una depresión nerviosa temporal -una ligera tendencia hacia la histeria- ¿qué se puede hacer? [...]
Personalmente, creo que un trabajo agradable, con interés, cambio, me haría bien.
¿Pero qué puedo hader?')
Las enfermedades de la mente no son tangibles y visibles, al igual que los espíritus. Pero eso no las hace menos reales. Además, lamentablemente, la condición de histeria, nervios o sensibilidad se ha asociado siempre con la mujer. Si el hombre es racionalidad, la mujer tiene que pertenecer por fuerza al mundo de lo incomprensible. Y lo que no se entiende se teme y se desprecia a partes iguales. ¿No podría ser esta una sencilla explicación a la situación de la mujer a través de la historia?
Irracionalidad. Ahora bien, yo tengo una pregunta. En El Empapelado Amarillo, ¿quién es el que verdadero loco, la mujer o su médico y marido? La locura de alguien que se ve apartado de sus amigos, familia -e incluso de su única hija- para terminar encerrada en una habitación sin poder realizar ninguna actividad productiva es poco menos que entendible. Sin embargo, la crueldad de alguien que condena a otro ser humano -más específicamente a otro ser humano que supuestamente ama- a semejante tortura, tiene muy poco de racional y mucho de ignorancia.
Asi que, por favor, no dejéis jamás que nadie os encierre nunca en una habitación empapelada de amarillo.
domingo, 3 de febrero de 2013
Y, efectívamente, (como ya anunciaba mi anterior entrada) he aprovechado este maravilloso día de la Candelaria para salir a pasear.
En un principio no tenía pensado ningún destino: mi único objetivo era absorver todo el sol posible. Pero finalmente mis pasos me han llevado hasta un lugar que es de mis favoritos en Edimburgo (el hecho de que siempre lo visite en días soleados también influye). Estoy hablando del jardín botánico.
Está un poco lejos de donde yo vivo, a una hora caminando aproximádamente. Todo el mundo coge el autobús para ir, pero es que a mí me encanta andar. Recorrer las calles, empaparse de su esencia, irse fijando en las tiendas y la gente... me encanta. ¿Qué importa que el destino quede lejos cuando también puedo disfrutar el viaje?
La primera mitad del camino es por Old Town, pero la segunda consiste en adentrarme en New Town. Me encanta New Town con sus casas elegantes y misteriosas. Me gusta ir mirándolo todo. Como el estudiante desgarbado y con la cara picada de acné, que llevaba un uniforme de algún colegio privado y se ha metido en uno de los lujosos portales...
También me parecen muy interesantes y misteriosos los pìsos bajos de estos edificios victorianos. Están al nivel del sótano, por lo que, a pesar de tener amplios ventanales, no creo que llegue mucha luz, y eso debe ser bastante triste. Sin embargo me gustan los pequeños jardincitos que tienen, llenos de plantas, pequeñas estatuas... ¿Cómo debe de ser vivir en pleno corazón de Edimburgo?
Además, la calle que baja hacia el jardín botánico (es una cuesta bastante pronunciada, y luego a la vuelta, cuando hay que subirla, parece el doble de larga) está plagada de anticuarios. Me gusta mirar los escaparates, que tienen todo tipo de cosas extravagantes. Como un cuadro roto ('damaged', pone en la etiqueta, con lo que no es muy caro) de una pintura al óleo que representa a una hermosa hada rodeada de mariposas... El dibujo es muy bello, pero se puede ver las zonas donde alguien lo ha pegado. ¿Quién habría quebrado una obra tan bonita como esa? ¿Habrá sido un accidente? ¿Y quién querría colgar un cuadro roto en su casa?
Finalmente he llegado al jardín. Pasear entre los árboles es tan hermoso... Cada vez que los veo tan cerca recuerdo que son seres vivos. A menudo se me olvida. En la ciudad, entre el asfalto, el humo y la suciedad, los árboles son un apéndice más de la agresiva estructura industrial. Pero entre el verdor puedo sentir su esencia de una manera muy poderosa. Todo me parece limpio, puro, armónico. Tierra húmeda, plantas, piedras. Antiguas y silenciosas. Llenas de misterios.
Los árboles parecen tener carácter. Unos me transmiten melancolía, otros me parece que estén enfadados, los hay que parecen un completo lío, como es mi cabeza en estos últimos meses. Ahora que aún es invierno están desnudos. La hierba siempre está verde, pero los árboles, que se nutren de ella, parecen tan melancólicos sin el verde de las hojas. Mueren en cada otoño para renacer en primavera. ¿No es este el Misterio de Jesús en la religión cristiana, aquel de la resurrección? Una historia que se cuenta también en muchas religiones... Y mira por donde, son los árboles los que lo llevan a cabo cada año.
Pasear entre ellos me ha recordado a Phantastes, la última novela escocesa que he tenido que leerme. Está escrita por George Macdonald, que era amigo de Lewis Carroll y C.S. Lewis (Los autores de Alicia en el país de las maravillas y Narnia respectívamente). Su historia es una mezcla de lo que estos dos autores escribieron posteriormente. Su protagonista, Anodos, es un chico de veintiun años que viaja al Otro Lado y allí corre toda clase de aventuras con las hadas y seres sobrenaturales. Una de las cosas que más me gusto de este libro es que todos los árboles tienen espíritu y pueden adquirir una apariencia humana. Algunos son buenos, como la Mujer-Haya, pero otros son peligrosos, como el Hombre-Fresno, que persigue al protagonista para matarlo. Según la Mujer-Haya esto se debe aque el Fresno tiene un vacío en su interior que solo puede llenar con la muerte. ¿No es ciertamente terrorífico?
También yo he visto cosas maravillosas en este viaje entre los árboles... Sobre todo cuando, ansiosa, me he acercado a ellos para tratar de descubrir si las primeras yemas (hojitas tiernas) empezaban a salir ya por las ramas... ¡Y así es! Tímidamente, la primavera empieza a abrirse camino, y eso es maravilloso, porque quiere decir que poco a poco todos vamos saliendo del letargo del invierno. Primero las hojas caídas, luego la escarcha.. pero el dolor habrá sido el abono de las alegrías y experiencias positivas que han de venir después.
Pero no todo han sido las plantas. También me he encontrado con unos amigos que hacía tiempo que no veía, sobre todo desde que las nieves se cirnieron amenazantes sobre la ciudad.
Y además, hoy eran ya las cinco de la tarde y aún había algo de luz... me siento bendecida.
sábado, 2 de febrero de 2013
Ayer volvía por la noche de tai-chi. Estaba muy cansada, con todo el peso de la semana a mis espaldas, pero al mismo tiempo me sentía feliz. Mis planes para el sábado eran despertarme un poco más tarde de lo habitual, ir a la biblioteca a terminar algunos trabajos y avanzar las lecturas, y, finalmente, ir por la tarde a un musical cuya entrada compré hace tiempo.
Pero entonces, mi compañero italiano que casi mide dos metros, me comentó muy ufano que el parte meteorológico había previsto un día maravilloso para hoy... de esos días soleados tan raros en Edimburgos, como un topo albino.
Y, desgraciadamente, (o gracias a los dioses, según se mire) el sol brilla con ganas, la temperatura es agradable y el cielo está tan azul que no parece real. ¿Cómo voy a estudiar con un día así? Lecturas que hacer, artículos que resumir, kanji que repasar... Pero creo que en lugar de eso voy a intentar irme a la playa. O subir al Calton Hill a leer. O pasear por el Jardín Botánico... Que necesito el sol, tras dos semanas de nieve, viento huracanado y casi permanente oscuridad.
Feliz dia del fuego... ¡la primavera ya se asoma tímidamente en en este segundo de febrero!
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