martes, 24 de septiembre de 2013




Hoy he tenido el placer de estar en un evento un tanto particular. Se celebraba un aniversario octogenario. Muchos pensamos que cumplir años es una derrota. Yo apenas llego a una cuarta parte de la cifra que acabo de mencionar; aún así sigo sintiendo penita por cada año más, cada escalón en la nuestra estructura temporal. Los treinta, los cuarenta... sombras amenazantes, umbrales que muchos no quieren cruzar. Ser anciano es perder facultades, lucidez. No se nos enseña a sentir respeto por los ancianos, a admirarles, a consultarles por su experiencia. En esta época de usar y tirar, de la última tendencia, el bótox y los tintes... ¿Qué es la vejez si no algo de lo que se huye? Como conejos escapando del aliento amenazador del lobo.

Y sin embargo, esta persona, que cumple esa cifra tan redonda, a penas veinte años de un siglo... Transmite el esplendor de quien se dedica a lo que más le gusta. De quien vive por y para la vida. 

Dudo que haya, no ancianos, sino personas (independientemente de su edad) que puedan presumir de esta facultad. 

Y sin embargo cada vez estoy más segura de que somos instrumentos de los que solo el viento adecuado puede sacar sonido.


lunes, 23 de septiembre de 2013




Las dos cosas que más me hacen transcender son los sueños y la música. A veces por separado, a veces en conjunto, ambas cosas son el punto de locura de mi vida, la puerta de escape. Siento que vivo tan inmersa en lo que ocurre a mi alrededor... En los objetos que puedo tocar, en las mil preocupaciones que taladran mi cabeza. Pero a veces es como si de repente se revelaran ante mis ojos verdades centelleantes: unos tornillos que sujetan el decorado, los travesaños empolvados de la escalera que conduce a la parte trasera del escenario, luces que iluminan, máscaras, actores secundarios... Todo es una obra perfectamente calculada, todo es ficción, entretenimiento, artificio, mentira. La realidad se desmorona y entonces yo puedo volar y observar esta maravillosa obra desde las alturas. Los pequeños puntos que configuran este cuadro impresionista se juntan formando figuras. Me deleito. Estar viva y estar muerta es la misma cosa. La existencia no tiene fin. Como ese universo en el que dicen que nadamos.

Instantes de lucidez en los que olvido mi papel y soy.

Esta noche he soñado que dos personas se introducían en mi casa. No es la primera vez que sueño algo parecido. Pero allí estaban. Un hombre y una mujer. Él era alto, a penas unas canas cubriéndole el cráneo, vientre blando, jersey rojo navidad. Ojos de perro abandonado, labios caídos por el hastío. Arrugas, producto de una edad que no ha conocido juventud. Se movía este hombre como un enorme globo que por no esforzarse se deja llevar al capricho del viento. Nada le importaba.

La mujer era de menor estatura. Cabello negro tan intenso que solo puede ser producto de los químicos de un tinte. Media melena con estilo: una mujer decente puede pemirtirse muchas cosas, pero estar desarreglada no es una de ellas. Piel morena, nariz larga, ojos saltones (un reflejo de la oscuridad de su cabello en la mirada). Mandíbula prominente. Había pasado los cincuenta, pero los sobrellevaba mejor que su compañero.

Estos dos individuos estaban en mi casa. ¿Por qué en mi casa? ¿Por qué invadiendo mis espacios íntimos, mis secretos, el único lugar donde puedo llorar y reír sin taparme la boca?

Quise preguntarles, pero me esquivaban. Con la altanería que a veces los mayores muestran a los jóvenes. Algunos piensan que aún tenemos que aprender a hablar para que ellos puedan escucharnos. Adaptarnos a sus tiempos, a sus modos de pensar. Y eso que dicen que la vida es cambio.

Me cansé de perseguirles por las habitaciones, los pasillos. Me ignoraban, y era tan absurdo que ellos parecieran los dueños de la casa y no al contrario que terminé por tomármelo a risa.

-¿Por qué están aquí? -siempre termino por preguntar a alguien, a mi progenitora, quizá, cuando gente extraña (no es la primera vez que ocurre) se cuela en mi casa.

-¿Quienes? ¿Quienes?

Veo cosas que nadie más puede ver. Y eso me aterra, me aterraba en el sueño. Los busqué, a la extraña pareja. La luz bajo la que se movían, como siempre, perdidos en sus cavilaciones, era diferente. Una luz tardía, apagada. Bajo aquella luz observé sus pieles, y por primera vez me parecieron pergamino mojado. La calavera se percibía allí debajo, blanca y diabólica. Estaban muertos.

¿Por qué hay muertos en mi casa? ¿Por qué han elegido mi hogar para visitarme?

Ahora estoy aterrada.

Mi madre me pidió que atravesara el pasillo interminable que une el salón con la habitación de mi abuela.

-No puedo -le dije, con el corazón tembloroso por el miedo. Podía entrever sus figuras ahí, suspendidas en las tinieblas, como dos globos a los que poco a poco se les escapa el helio, esos dos muertos mudos y tristes a los que solo yo podía ver.



martes, 10 de septiembre de 2013




Hace tiempo que no escribo (again). Pero es que mi vida no deja de cambiar. Ayer terminé el trabajo en la radio y hoy ya empiezo con un nuevo reto, que ya no es el de vivir sola, si no el de vivir sola compartiendo. Mis demonios interiores se resisten, pero bueno, aquí estoy yo, escribiéndoos mientras desde mi ventana observo la soberbia arquitectura de la parte más antigua de Madrid y una vírgen que me protege...

Ayer volví a ver a una amiga a la que no veía desde hacía varios meses. Cuando salíamos de una cafetería, me di cuenta de que yo tenía una heridita. No era nada grave, simplemente de esas cosas que te pasan cuando te rascas la costra de una pequeña picadura de mosquito...  Pero había una gotita de sangre resbalando por la curva de mi hombro, lo cual superaba todo los límites de la decencia (se sabe de que a mí me va lo gore, pero en público... una debe controlarse). Mi amiga lo vio y me dio un poco de vergüenza (yo quería jugar a que no pasaba nada, pero la sangre siempre llama la atención, qué cosas). Sin embargo ella, ni corta ni perezosa, se sacó unas toallitas perfumadas del bolso, me limpió con mucho mimo y finalmente me puso una tirita (que también sacó de su bolso sin fondo).

No sé por qué (en serio, ¿por qué será?) pero me pareció muy tierna su espontaneidad. Como ver una mama que lame a su cachorrito. Igual es que estoy sensiblera con tanto cambio.

Pero quería contarlo.

http://www.youtube.com/watch?v=70LN6j_gQSc

viernes, 30 de agosto de 2013




Retomo de nuevo este espacio y espero hacerlo de una manera habitual. Aunque últimamente como parece que todo lo que tengo puede meterse en una maleta (no es broma) pues voy corriendo a todas partes.

Dos meses. He estado dos meses trabajando de becaria para el programa de radio más escuchado en toda España. Ha sido mi primera experiencia en una profesión que siempre tuve en el punto de mira. Porque el arte es un hobby, o al menos eso me recuerdan constantemente los que más me quieren, el arte es lo que haces cuando vuelves a casa, te quitas el uniforme y te duchas, y comes, o los fines de semana. Sin más.

De estos dos meses he sacado tanto... Ahora estoy en la redacción, pese a que hace horas que mi programa terminó y ya no volverán a sonar mis palabras en antena.

Ha habido momentos duros, pero no puedo recordarlos. De golpe y porrazo, como si un tifón mental hubiera barrido esa parte de mi cerebro, he olvidado todo eso. Y ya solo me quedo con los buenos, los instantes maravillosos, a veces escribiendo guiones (guionista en la sombra y productora, ese era muchas veces mi trabajo) pero sobre todo susurrándole al micro.

Porque la radio me ha dado muchas cosas. La primera, me ha hecho perder el miedo a preguntar. Por teléfono, en persona, por email... hay una parte bonita en eso de acosar personas, y es que de cien que quieren mandarte a freír espárragos uno se hace tu amigo. Y de otros tantos consigues momentos anecdóticos, como aquella vez que tuve que salir de un cine porque casi me pegan, pero eso es otra historia.

Y ha habido un regalo más, y es que la radio me ha ayudado a encontrar mi propia voz. Yo aprendí a juntar palabras mucho antes que a andar (y empecé a comerme el suelo a la edad normal en la que todos los niños lo hacen, tampoco os penséis que era retrasada). Desde siempre he tenido dentro de mí un ansia imparable por transmitir, por comunicar. Mi progenitora fue mi primera víctima, luego ya hubo otras. Hablaba y hablaba sin parar, de cualquier cosa, igual que otros respiran. Luego llegaron los silencios impuestos y el estigma de hablar tan rápido (porque mi cerebro era una tormenta de ideas, y las palabras brillaban con relámpagos en mis labios, confundiéndose en un tronar) que nadie me entendía. ¿Hay algo más triste que intentar relacionarse con otro ser humano, establecer un vínculo, una historia... y que de repente te interrumpan con un estéril 'no te entiendo'? Durante muchos años tuve esa queja hasta poco a poco se me fueron quitando las ganas de hablar. Eso, unido a una tartamudez incipiente (que aún conservo) cada vez que me emociono al hablar (puede ocurrir con bastante facilidad) hizo que acabara por tener una especie de vergüenza a hablar en alto.

Por no mencionar la voz aflautada envenenada de nervios, temblorosa, siempre recurriendo a la educación inglesa en un intento vano de justificarme.

Por eso me relegué a la palabra escrita, como este espacio en el que puedo escupir todo lo que me viene en gana, cincelar lo que quiero expresar a voluntad. Novelas, historias...

Aunque el sonido de la palabra es lo que más me ha emocionado.

Y aquí, rodeada de profesionales, he aprendido al fin a domar (un poco, aún me queda un largo camino por recorrer) mi pasión. Con trucos y paciencia he descubierto que puedo tener una voz aterciopelada, cálida, incluso me atrevería a decir bonita. Por primera vez me he escuchado en antena y me he sentido orgullosa. Puedo transmitir, hacer vibrar a otros. La radio me ha ayudado a encontrar mi propia voz y eso ha sido maravilloso. Ahora estoy mucho más tranquila. Seguiré hablando atropelladamente, tartamudeando cuando me toquen la vena sensible. Pero la próxima vez que alguien me espete 'no te entiendo, hablas muy rápido' yo pensaré: 'exacto, pero porque yo quiero'.


viernes, 26 de julio de 2013





¿A quién se le ocurre hacer un dibujo erótico en la redacción? Pues a una servidora, ni más ni menos. Si es que luego estas cosas, cuando las pienso, me parecen irrisorias. Pero en el momento, todo cuadra con la lógica perfecta. Era un descanso entre horas, entre toda la tensión que cierta acontecimiento ha causado a los medios desde este pasado miércoles. Como dibujar me relaja, le pedí unos lapiceros a mi compañero. ¿Qué podía esbozar? A mi lo de dibujar por dibujar no se me da bien. Todo tiene que tener una historia. Entonces recordé que cierta persona con la que juego al rol pretendía matar a uno de sus personajes. ¿Y qué mejor forma de evitar esta catástrofe que hacerle un dibujo subidito de tono del personaje en cuestión? Ah, no arruguéis la nariz tan pronto. Esta idea también puede parecer incongruente pero tiene su aquel. ¿No habéis escuchado nunca eso de que el sexo mueve el mundo?

Y en esas estaba, escuchando Gossip (aprovecho para recomendaros A Joyful Noise) a todo volumen con los cascos para no tener que oír más sobre el accidente, cuando uno de mis compañeros masculinos me vio haciendo el dibujo en cuestión, un elegante (porque yo seré muchas cosas, pero no soez u ordinaria) desnudo.

Ellos dicen que son guarradas, pero yo mantengo que es arte.

Aunque para anécdota, la de mi compañera que, después de hablar por teléfono con su jefa, se despidió con un 'te quiero'. Automáticamente se quedó lívida y empezó a proferir disculpas entre la angustia y la risa, poniendo por excusa 'que acababa de hablar con su madre). (Y honestamente espero que sea eso, porque la jefa en cuestión es como una yegua hambrienta con gafas).

miércoles, 24 de julio de 2013




Vuelvo aquí en otro de mis ratos de aburrimiento existencial en el trabajo. Que es un estar sin estar. Estar porque la comunicación es así: en cualquier momento salta la liebre, y hay que tener la escopeta ya apuntando. Pero sin estar, porque me aburro. Todo el mundo está ocupado en la redacción, gestionando sus noticias. Las mías ya se han terminado. Me encargo de la sección de cine, pero ahora mismo no hay mucho que hacer. Los estrenos en verano, algunos, son tan predecibles...

Ayer, sin embargo, tuve una experiencia bastante dramática. Una experiencia dramática de un segundo, pero qué largo se me hizo. El caso es que desde hace tiempo no sé por qué pero la angustia se me acumula en el vientre y quiero gritar. Y ayer, finalmente, grité, vaya si lo hice. Pero no fue por voluntad propia. Iba caminando por la calle, rápido, ocupada en mis asuntos, cuando de repente me tropecé con el pavimento (la zona del casco antiguo de Madrid es preciosa, pero, como cabe esperar, está vieja). Tropecé, intenté encontrar el equilibrio, pero no tuve suerte. Cuando me di cuenta de que iba a caer, grité. Porque estaba en la calzada y no en la acera, y también porque por el rabillo del ojo vi como un coche se acercaba, y me dio miedo.

Caí en el suelo de bruces, pero me levanté aún más rápido. El coche frenó y varias personas se acercaron para ver si estaba bien. Que lo estaba. Más que nada roja de vergüenza, pero de una pieza, que era de lo que se trataba.

Sin embargo, tengo varios moratones multicolores y raspones diversos. Esta mañana me levanté con la parte derecha del cuerpo dolorida. El porrazo fue más que una anécdota, y parece que no voy a olvidarlo pronto, más que nada por el dolor cada vez que cruzo las piernas o apoyo el brazo sobre la mesa.

Esto es lo que ocurre cuando cosas como la tristeza o la angustia sobrepasan el mundo de las emociones y se materializan en la realidad en forma de dolor y gritos.

martes, 23 de julio de 2013




Bueno, tal vez pensabais que me perdí para siempre en las montañas escocesas, y en cierto modo, tenéis razón. Una parte de mí se ha quedado para siempre en Blackford Hill, contemplado extasiada lo hermoso que se vuelve el mundo ante la pequeñez de las alturas, disfrutando del sonido más hermoso, que no son los pájaros, ni siquiera palabras de amor, sino el correr de las nubes o el susurro del aire bajo los párpados, incitándome a volar

Pero he vuelto, y estoy más ocupada que nunca, trabajando, y no en cualquier sitio. El destino ha vuelto a sonreírme y me ha otorgado la oportunidad de destinar mis esfuerzos al servicio de uno de los medios de comunicación más conocidos del país. La comunicación es una opción a considerar para el futuro, especialmente porque disfruto charlando y compartiendo mi tiempo con la gente cuando no estoy escribiendo. El comienzo, como el de todas las cosas que merecen la pena, ha sido duro, pero poco a poco le voy cogiendo el gusto. En septiembre haremos balance.

Lo que más me está costando es el traslado a mi nuevo hogar. En Edimburgo, al principio, mis trece metros cuadrados se me hacían infinitos, pero terminé por amar aquella habitación. Era un bajo, y la ventana, estrecha y alargada, estaba tapada por las ramas de un arbusto (un cruce entre bambú y flora autóctona). No entraba mucha luz, pero en las noches de invierno era agradable ver como la nieve se arremolinaba fuera.

En la casa nueva, la habitación no es tan amplia, pero sí muy luminosa. Aunque eso en verano la hace arder, hablamos pues de luz alegre pero rabiosa. La cama es más vieja. La mesa de color blanco y con falso molde barroco. Armarios por todas partes, para albergar los mil trastos que de todas formas no tengo. Y soledad. Ahora en verano no hay compañeros de piso. Los pocos que nos quedamos en Madrid, que estos días parece más infernal que nunca debido a las temperaturas, estamos siempre ocupados trabajando. No me gusta Madrid en verano. El calor destaca el mal olor de las calles y hace desesperantes las aceras sin sombra, hasta el punto de querer llorar solo por sentir el frescor de las lágrimas en el rostro.

Tengo que descubrir los rincones hermosos de Madrid. Que sé que los tiene. Madrid me parece salvaje y peligrosa al lado de mi querido Edimburgo, misterioso pero correcto, siempre con su educación británica, aunque los escoceses digan que ellos siguen haciendo honor a la sangre de William Wallace.

En cualquier caso, ahora miro por la ventana y puedo ver la Gran Vía. Los edificios, blancos y amarillos, lucen al sol. El cielo esta azul, estriado de vaporosas nubes. Es mil veces más reconfortante que todos los cielos plomizos de la Atenas del Norte.

(Eso sí, todo esto visto desde la comodidad del aire acondicionado que tienen en la redacción).