sábado, 30 de octubre de 2010




Hay tantas, tantas, tantas cosas por hacer, que, sinceramente, me dan ganas de esconderme debajo de la cama por siempre jamás.





Ale.




Fuck all them.
 

jueves, 28 de octubre de 2010




"No acataré mientras viva el mandato de una mujer", dijo Creonte.

(Y así fue como desató las terribles y devastadoras desgracias que más tarde le acontecerían, a él y a su familia).


Antígona, de Sófocles.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Sonido II: Cascabeles 
           


            Nada más llegar, el primer domingo, ya me piden que acompañe la misa con el órgano. Acepto, por supuesto. Spilville es un lugar maravilloso, de gente encantadora. He dejado la bulliciosa Nueva York, con ese inmenso océano que tanto me gusta, pero que a la vez me recuerda lo lejos que estoy de mi querida patria. Porque la echamos de menos, sobre todo los niños. Toník no hace más que preguntar cuándo regresaremos. Y Otilka está más melancólica que de costumbre. Así que decidí traerles de vacaciones a este pueblecito en medio de montañas. La mayoría de la gente, además, habla nuestro idioma, así que es casi como estar en casa. Y me tratan muy bien. ¿Un compositor famoso? Perfecto. Están muy orgullosos de tener a alguien de renombre en su pequeño pueblo, aunque muchos de ellos ni me conocían. Y están ansiosos de que les demuestre mi talento.
            Así que toco un par de piezas durante la misa. ¡Y todos me aplauden encantados! No puedo evitar sonreír. Los halagos de esta gente sencilla me agradan más que los del pedante público que acude al estreno de mis obras en los grandes teatros. Cuando el cura ha acabado, ellos aún quieren más. Bien. Echo un vistazo a Anna y los niños, que me miran expectantes desde la tercera fila. Yo también estoy feliz. Así que decido improvisar en el órgano. Al principio no son más que tres notas vacilantes, un simple inicio, que ni siquiera sé por dónde me va a llevar. Pero poco a poco, todo va cobrando un sentido. Respiro con fuerza, mientras mis manos no dejan de moverse, inundándome de ideas nuevas. La pequeña y modesta iglesia, con el frescor de sus muros de piedra. El respetuoso silencio. Por las ventanas entra la luz del sol, pura como no la he visto nunca antes. Carente de mácula, como algo sagrado. Me imagino las montañas que hay detrás, altas e inmensas, como las que he visto esta mañana al despertar. Toda la naturaleza indómita y salvaje que nos rodea parece darme fuerzas para hacer crecer la melodía. Representa a Dios en su esencia más pura, el verdor. Me siento tan pequeño de improviso, rodeado de tanta grandeza… casi puedo sentir Su presencia en medio de esta sublime armonía.
            Alguien abre la puerta de la iglesia de golpe, un ruido sordo que me desconcentra. Mis manos, que parecían dotadas de vida propia, se detienen de repente. El hechizo parece haberse roto.
            Hay un niño pequeño y rubio, que corre hacia una mujer sollozando. Se arma un gran bullicio. Parece que ocurre algo, y todos quieren saberlo. Un hombre se levanta apresuradamente, tras escuchar a su hijo. Otros lo siguen con rapidez. Las mujeres también se levantan, parecen asustadas.
            -¿Qué ocurre? –un poco contrariado, abandono el órgano y me dirijo a la muchedumbre.
            -Indios –me contesta el cura con el ceño fruncido-, parece ser que están atacando a los niños.
            -¿Qué? –no entiendo muy bien.
            -¡Antonín! –Anna consigue acercarse a mí y me agarra del brazo. En el improvisado jaleo casi no podemos escucharnos-. ¿Qué ocurre…? ¡Toník! ¡Vuelve aquí ahora mismo! –llama a nuestro hijo pequeño, que también pretende salir de la iglesia para saber qué ocurre.
            -Dicen que son los indios, papá. –Otilka parece asustada.
            -Tranquilos, no creo que sea nada grave. –decido salir a mirar, sólo por curiosidad. ¿Indios? Los pocos que quedan están en reservas o fueron masacrados. Ya no es como antes.
            Salgo fuera. Con Otilka agarrada a su brazo, Anna no deja escapar a Toník.
            Es justo detrás de la iglesia. Se ha formado un corrillo de hombres y no puedo ver bien. Me sitúo entre las mujeres. Una de ellas grita furiosa, mientras otra sostiene a un niño de unos doce o trece años, tal vez un poco mayor, que no para de sollozar abrazado al pecho de su madre. Me fijo bien. Sólo tiene el labio partido, y algo de polvo en el pelo y la ropa. Ninguna herida realmente grave. Oigo entonces un grito de verdadero dolor. Sorprendido, alzo la cabeza. Por fin puedo distinguir que los hombres han atrapado a un indio. Es el primero que veo desde que llegué a Spilville. Por eso me llama la atención su indumentaria. Pantalones de tela, con bordados de colores a los lados. Cascabeles en los tobillos y en la cintura. No lleva camisa, tal vez debido al calor. El pelo negro y brillante recogido en una trenza que le baja por la espalda. Lleva una cinta de cuero en la frente y en la nuca un par de plumas hacia abajo. Ahora gime otra vez. Porque es sólo un niño. De la edad de mi hija, unos catorce años. Tiene raspones en los brazos y el torso, y empiezan a salirle algunos moratones en el lado izquierdo de la cara. Nada que ver con el cobarde chico que se esconde entre los brazos de su madre. Este grita por algo de verdad. Puedo darme cuenta de que es una injusticia.
            Pero el hombre blanco que le sujeta parece muy enfadado, y sigue ensañándose con él:
            -¿¡Qué le has hecho a mi hijo, asqueroso salvaje!? ¡¿Para qué has venido aquí?! ¿¡Querías robarnos!? ¡¡Querías, eh…!! –y le vuelve a golpear.
No me gustan sus maneras violentas. Al fin y al cabo, por muy salvaje que sea, sigue siendo un niño. Me siento obligado a intervenir.
            -¡Antonín, no deberías…! –me reprocha Anna, pero yo me suelto de ella.
            -Espere un momento, amigo. –me dirijo a él amablemente, y le pongo la mano en el hombro para llamar su atención.
            -¡¿Qué?! –se vuelve a mirarme, agresivo, me recuerda a un furioso jabalí, con sus ojos pequeños y la nariz aplastada.
            -Creo que ya es suficiente. –trato de explicarle-. ¿No se da cuenta?, es un niño.
            -¡¿Un niño?! ¡No es más que un maldito salvaje que quería matar a mi Honza! –vuelve a zarandearle sin reparos.
            -Eh, tranquilo –me gustaría que le quitara las manos de encima de una vez-. Creo que todo esto es un gran malentendido.
Desde el suelo, el niño indio me mira desesperado con unos grandes ojos negros y brillantes. Sin duda ya ha tenido suficiente.
            -¿¡Malentendido!? ¡Apártese! ¡Esto no es asunto suyo! –el hombretón pega un manotazo en el aire. No es un jabalí. Definitivamente es un pobre burro furioso.
-No pienso permitir… -digo, notando como yo también empiezo a enfadarme.
La violencia me repugna. Nunca he dado palizas a mis hijos, ni pienso hacerlo jamás. Tampoco permitir que se ensañen con un niño en mi presencia, abusando de su debilidad.
            -Eh, Frantisek, creo que Antonín tiene razón. –ahora un segundo hombre, el maestro del pueblo, interviene. Se llama Lukás, y nos invitó a cenar en su casa el otro día. Es un buen hombre, que además entiende bastante de música-. Deja al chico en paz. Por cierto -Lukás se me adelanta, mientras se coloca bien sus anteojos-… ¿No es éste el hijo de Tierra y Agua?
            -¿Eh…? ¡Bah! –por fin el burro de Frantisek se da por vencido, y suelta al indio. El muchacho, agotado, cae de rodillas sin poder evitarlo.
            -¡Apartaos! –Lukás parece haber tomado el control de la situación, y los demás hombres, que le tienen respeto, obedecen. Se vuelven con sus mujeres, aunque les oigo mascullar maldiciones.- Eh, chico. –Lukás se agacha al lado del niño, que aún no parece tener fuerzas para ponerse en pie- Sí -se vuelve para mirarme-, éste es el hijo de Tierra y Agua,  me acuerdo de él perfectamente. Creo que entiende algo de nuestro idioma –se dirige a él, hablando despacio y claro-. Tranquilo. Tierra y Agua. Eres el hijo de Tierra y Agua, ¿verdad?
            -Tierra… Agua… -repite el chico con voz ahogada, apartándose algunos mechones de la cara.- Hijo -dice desesperado, parece que conoce a Lukás-… Hijo Tierra y Agua. ¡Hijo Tierra y Agua! –repite sin cesar, como si de pronto hubiera comprendido.
            -Eso es -Lukás mira a la gente que se agolpa a su alrededor-, ¿Veis que…?
            -¡Han traído una niña endemoniada! ¡Sacadla de aquí! ¡Sacadla de aquí, o nos traerá mala suerte! –grita una mujer entre la multitud.
Todas las miradas se centran ahora en un bulto en el que antes nadie había reparado. Una niña pequeña que, encogida en un rincón, solloza lastimeramente abrazada a sus rodillas.
            -¡No! ¡No! –el chico indio se levanta de un salto, y se pone delante de ella para protegerla.
Grita algo en su idioma. La gente cada vez se pone más nerviosa. Me fijo en la niña. Lleva un viejo y desgastado vestido indio de telas de colores. El pelo sucio y enredado le cae suelto por la cara. Es bajita y enclenque, y su piel, en vez de ser morena como la del chico, es de un color más pálido. Pero lo que más me llama la atención son sus ojos. Grandes pupilas completamente blancas… Por un momento me estremezco, antes de darme cuenta de que la niña es ciega. Tal vez sea eso lo que asusta a la gente.
            -¡Dejadlos marchar! –ordena Lukás entonces, alzando los brazos para tranquilizar a la muchedumbre-. No han hecho nada malo, y de todas formas ya han recibido un buen castigo. ¡Vete! –le dice entonces al chico indio, que parece entenderle, porque coge de la mano a la pequeña, y corre, arrastrándola hacia el bosque. Pronto sólo queda el sonido de sus cascabeles.
Y luego nada más.
            -¡Eso, eso, que se vaya, pero como vuelva se va a enterar, que saco la escopeta y…! ¡Y pienso hablarle de esto a Mr. Goodman, por supuesto que sí, ya lo creo, él seguro que no se anda con chiquitas con estos malditos salvajes! –oigo rezongar al burro Frantisek, mientras su mujer trata de calmarle, y su hijo, el cobarde Honza, se le agarra a un brazo.
            Los ánimos se acaban calmando. Y poco a poco todos retornan silenciosos a sus casas. Sin embargo, se ve cómo cada dos pasos miran hacia atrás con desconfianza, como si una verdadera tribu de indios guerreros hubiera pretendido arrasar Spilville.
            -¿Has visto las piedras del suelo? ¿Y las heridas de la niña y del chico indio? –le digo a Lukás, cuando sólo quedamos nosotros dos, su familia, Anna y los niños.
            -No –responde tranquilamente.
            -Claro que sí –insisto-. Los niños a los que supuestamente atacó aquel chico indio se habían escapado de misa y eran bastantes. Apuesto a que les tiraron piedras, e intentaron hacerles daño. El indio sólo se estaba defendiendo.
            -Puede ser -responde Lukás vagamente-… Antonín, ¿por qué le das tanta importancia ahora que ya ha pasado?  Además se trata de un hecho puntual, es la primera vez que en Spilville…
            -¿Suelen venir muchos indios por aquí? –interrumpe Otakar Sourek, mi biógrafo, que se ha empeñado en acompañarme incluso estando yo de vacaciones.
            -No. Iba a decir que es la primera vez que ocurre algo así en Spilville, al menos desde que yo vivo aquí. Y de eso hace ya bastante –Lukás se calla un momento-. Bueno, hay una colonia de indios Kickapúes por aquí cerca –confiesa-. Están desde mucho antes de que llegáramos nosotros, al otro lado del bosque.
            -¿Y… son peligrosos? –mi pobre Otakar no parece tenerlas todas consigo.
-Qué va –procura tranquilizarle Lukás-. Cada año que pasa son menos. Ahora no serán más de veinte a causa de las enfermedades y la falta de medios. A veces viene a Spilville  uno que se llama Tierra y Agua, que también habla algo de checo. Vende hierbas medicinales y esas cosas. Muchas veces ese chico de antes, su hijo, le acompaña para ayudarle. Tierra y Agua es buena gente –confirma-. Están pasando mucha hambre últimamente, porque ya han perdido casi todos sus territorios por aquí. Pero nunca nos han atacado, y podría apostar mi cabeza a que jamás lo harán. Pobres indios. ¿No ha leído usted a Rosseau y su teoría del buen salvaje…? –sonríe al ver que Otakar sigue algo asustado.
            -Por supuesto, pero… -las buenas ideas del filósofo francés no parecen tranquilizarle lo más mínimo.
            -Papá… ¿querían matarnos esos indios? –pregunta entonces Otilka, que aún sigue agarrada a mí.
            -Claro que no, ¿no ves que…?
            -¡Si ellos nos atacan yo haré pum, pum, pum! –Toník finge manejar una escopeta imaginaria, y apunta hacia el bosque.
            -No van a atacarnos –repito-. Sólo eran un par de mocosos, como vosotros. –Y como no quiero que estén asustados, decido cambiar de tema-. Si os portáis bien, y prometéis ser buenos, papá os hará un regalo.
            -¿Ah sí? –Toník ha dejado de ser un soldado del oeste, y ahora me mira expectante-. ¿Cuál?
            -Os compondré una pequeña sonatina para piano -miro a mi hija mayor-
 …y para tu pequeño violín, Toník. Así podréis tocarla juntos cuando regresemos de nuevo a Europa. Ahora sed buenos e id con mamá, ayudadla a poner la mesa para que podamos comer.
            -¡Sí! –por fin Otilka ha sonreído. Coge de la mano a su hermano, y los dos echan a correr. En un instante ya han podido olvidar todas sus preocupaciones.
            Pero yo no hago más que pensar qué hacía esa extraña pareja de indios aquí. Un adolescente, y esa niña… de siete u ocho años a lo sumo. ¿Su hermana? Tal vez. ¿Estarían buscando algo de comida? Lukás ha dicho que pasaban hambre. ¿Entonces por qué acercarse tanto a la iglesia, en vez de aprovecharse de que la gente no estaba en sus casas para entrar a robar? No. Esos niños no son ladrones ni mucho menos, de eso estoy seguro. Y la pelea ha sido cosa de los chiquillos, por supuesto. La gente sólo se ha asustado porque se trataba de un indio. ¿Pero qué hacían ellos allí…?  
Vuelvo a mirar el bosque, como si entre sus frondosos árboles pudiera encontrar alguna respuesta. Aún recuerdo el sonido de los cascabeles perdiéndose en su misteriosa espesura, como el canto de un pájaro más. Pese a ser algo de origen humano, no desentonaba en absoluto con la salvaje naturaleza.
Ahora me parece el sonido más hermoso que he escuchado nunca.


lunes, 25 de octubre de 2010




Hoy se me ha ocurrido que quiero escribir un relato erótico.

¿No sería una mala idea, verdad?

(Y aviso que a partir de ahora voy a llamar a las cosas por su nombre, así que si sois de mente recatada, inocente, pura, o simplemente pasáis de estos temas, cambiad la pantalla).

El caso es que, obviamente, no es tan fácil como parece hacer que la gente se excite sólo con las palabras. Y sin embargo, creo que es uno de los métodos más efectivos (a parte del sexo físico puro y duro). Mentiría si dijera que nunca he visto una peli porno, y la verdad es que, algunas no están mal, pero creo que me atraen más por la idea de estar viendo algo "prohibido y aparentemente mal considerado" que por las escenas en sí, que suelen ser bastante parecidas. Como las de las pelis, vamos, sólo que en las pelis porno salen pollas y coños en primer plano y las escenas de sexo duran 20 minutos. (Ah, sí, y no hay argumento, y el diálogo es universal).

Pero, personalmente, la penetración sexual (ya sea con una polla real, un plátano o un consolador sofisticado) no me parece especialmente erótica. A parte, es un tema más que manido y (yo lo considero) sobre valorado. Así que voy a tratar de ser original y mencionarlo si eso de pasada en mi historia.

Y ahora es cuando entramos en el origen real de este post, que es plantear unas inofensivas preguntitas.

¿Qué es lo que más te excita que te hagan en el sexo?

¿Qué es lo que consideras más sexy en los chicos/chicas?

¿Qué cosas te gusta hacer a ti?

¿Algún tema musical... recurrente para estas ocasiones?

¿Y algún lugar?


Y como me gustaría que alguien aportara ideas, pero no voy a jugar sucio, respondo yo primero:

-Lo que más me excita... mmm el sexo oral (que me lo hagan, of course) aunque hay que tener cuidado a quién se lo pides... Y que me muerdan el lóbulo de la oreja.

-El cuello, el olor. El olor es una de las primeras cosas que me excita en una persona... no me refiero al olor corporal puro y duro, sino a ese olor propio que todos tenemos. Y que me abracen fuerte. Me encanta sentir la piel del otro en la mía.

-Lo que más me gusta en morder el cuello (sí, tengo arranque vampíricos, jajaja), los huesos de la cadera cuando se transparentan, al igual que la clavícula, me encanta besarlos/acariciarlos. Y la nuca... me encanta besar la nuca.

-Tema musical... http://www.youtube.com/watch?v=cXLkWfGu3Ow

-Lugar... mmm... cualquiera, qué se yo... menos un coche. Hacerlo en el coche no sería nada excitante para mí. Pero sí al aire libre, en el campo... no sé, es agradable la soledad extrema en esos momentos, ya sabéis... sin molestia ni decoro.




(Agradecería ideas, ya que así puedo contrastar diferentes puntos de vista... A cambio, además de haberos desvelado mis intimidades, colgaré el relato en el blog para que podáis criticarlo, desmenuzarlo... y una larga lista de "arlos".)


Arigatou gozaimasu.

domingo, 24 de octubre de 2010




Bueno, bueno. No suelo hacer estas cosas, pero la ocasión lo merece.

¡Bienvenida/Welcome/ Yookoso/ Anell! *palmitas*

Para qué vamos a engañarnos, es un placer tener de nuevo entre nosotros (al menos a este lado del océano, me refiero) a esta chica. ¿Que quién es Anell? Pues es una mente retorcida y perversa (but I also know your sweet face, hehe) que escribe un blog a veces irónico, a veces desternillante, a veces devastadoramente sincero o sencillamente simpático.... y todo ello con estilo y sin despeinarse. Vamos, que merece la pena que le hagáis una visita.

Y además, esta chica (que desde luego no pierde el tiempo) es novelista desde 1748! (O al menos eso pone en su blog, jeje). Osea, que es de la buenas, porque ha tenido como... como siglos, para perfeccionarse. Así que si no le echarais un vistazo a la novela que se trae entre manos, Los ojos de los ángeles, puede que os estuvierais perdiendo una muy buena historia... (y ya visto el panorama actual, sabéis que no es precisamente lo que abunda). So... go to read! (Y de paso os engancháis y así me ayudáis a extorsionarla para que escriba más, muajajajá).

Pues eso, Anell Strawberry, tus comentarios son siempre bienvenidos (y esperados) en este rinconcito. Mucha suerte con tus estudios de segundo (nahhh tú te lo sacas sin darte cuenta) y recuerda que tenemos una cita pendiente por Madrid...


Y para seguir una tradición, aquí tengo algo de música para ti. Cañera y gamberra, para afrontar con ganas un lunes, toma ya! Y para celebrar que has vuelto...

http://www.youtube.com/watch?v=TF2setyp_kg

sábado, 23 de octubre de 2010



Estoy un poco cansada. No, en realidad estoy muy cansada. Creo que ni siquiera puedo tenerme en pie.

Me pregunto si seré fuerte. Fuerte para librar todas las batallas pendientes.

¿Ganaran ellos o ganaré yo?

Hay un paquete de tabaco guardado en el cajón. No quise tirarlo. Está ahí. Nuevo. Sin abrir. Es una promesa. Un recuerdo. Dicen que tienen que pasar 28 penosos días para superar una adicción. Ya llevo 16. Y me quiero morir.

Y si sólo fuera eso...

También hay una persona. Una persona que es peligrosa, un depredador. Pero a mí me gusta jugar con juego, simplemente no puedo resistirme. Y eso que sé que acabaré mal, que me ha mordido y lo hará, no parará hasta devorarme... ¿Tendré la voluntad de echar a correr, lejos, muy lejos? ¿O seguiré jugando hasta ver correr la sangre?

Y el dolor. El dolor de la humillación y el desprecio. De maldecirme por ser tan débil, por...






Hay tantas cosas pendientes... tantas... y tanto miedo.




(En momentos como estos, una larga noche de sueño, en quietud y comodidad, parece una bendición.)















Pero qué demonios, la suerte sólo sonríe a los que lo intentan.

Mañana volveré con redobladas fuerzas.


http://www.youtube.com/watch?v=G2xHLAzLZXo




Buenas noches. :)