lunes, 9 de mayo de 2011



Esta primavera está siendo particularmente terrible. No solo es la fiebre del heno, es...







P.D. Por lo menos podrías tener la decencia de permitirme terminar mi historia.

sábado, 7 de mayo de 2011




No sé que estoy haciendo.

Estoy aquí, tumbada en una cama que no es la mía, con el pijama puesto y el edredón hasta la barbilla. Escribiendo. Puedo ver la ventana desde aquí, y el sol que entra a través de ella es incluso molesto.

Veo el cielo de un azul aguado tan relajante, y una tímida nube que se desplaza lentamente por el horizonte, como una oveja descarriada que busca a su pastor. Las hojas del álamo que crece cerca, tan cerca que si abriera la ventana podría rozarlas, me hacen señas insistentes. Se revuelven en un destello verde y plateado que pretende incitarme. Y detrás, un enorme bloque de pisos que me priva de paisaje, de sol, del trozo de cielo que me corresponde. En lugar de eso solo me devuelve agujeros oscuros a través de los cuales alcanzo a ver sombras que se mueven. Totalmente ajenas. Y la torreta de ese lúgubre centro comercial que ya cuando vine a vivir aquí estaba abandonado, e incluso un pedazo del tejado del instituto donde pasé mi adolescencia. Lugar que soñaba con abandonar y, paradojas de la vida, ahora he de recorrer un largo, excesivamente largo camino para recibir mi instrucción. Será que las cosas que más deseamos no son precisamente las que tenemos al alcance de la mano...

Y más allá de todo eso, el monte. El monte donde crecen las amapolas, esos campos enormes y desolados en los que se balancean mis amigas encarnadas.

Lo que más me gustaría en este momento es correr por ahí, entre espigas y flores de mil colores, con la nada rodeándome, sólo pinos y autopistas interminables que no llevan a ninguna parte. Qué importa mientras sigan creciendo las amapolas, que hacen que lo muerto parezca vivo, que traen la alegría del renacimiento a donde antes ningún otro sentimiento era posible.

Las golondrinas vuelan alto en el cielo. Tan lejanas que a penas son  unos puntos traviesos que intentan escapar de mis ojos...

Propaganda electoral adorna las farolas. Aunque son del color de las amapolas yo no me dejo convencer.

¿Qué hago aquí?

Escondida, melancólica, temerosa.

La primavera está afuera, esperándome, pero yo...

Yo hoy pensé que tal vez a este sentimiento terrible de desarraigo le debo el placer maravilloso que me invade al viajar.

viernes, 6 de mayo de 2011





Ayer nos sentamos a hablar. Nos contamos nuestras penas amorosas, nuestros líos, nuestros intentos vanos de atrapar ese momento, ese segundo que es del otro y de uno mismo al instante. Sus palabras y las mías se entrelazaban poco a poco, dibujando castillos de aire en el espacio que nos separaba. Podía ver sus ojos brillar y sus manos temblando de solo pensar en acariciar esos cuerpos... Primavera.

Y no sé como, nuestras palabras, convertidas poco a poco en susurros, se hicieron puentes, y poco a poco nos acercamos, y finalmente él estaba entre mis brazos, con su cabeza en mi regazo, relatando historias de amantes mientras nuestros cuerpos intentaban, sin que nosotros lo supiéramos por el momento, realizarlas.

-No puedo olvidarte -me dijo- a pesar de todo, tienes algo que me atrae.

Yo reflexioné sus palabras, pensando en que realmente había dado mucho más de lo que hubiera querido.

-Es porque sé que no puedo tenerte -musité, mientras le mordía suavemente la espalda, estrecha y pálida- me gusta la extravagancia que eso supone.

miércoles, 4 de mayo de 2011




¿Habéis olido alguna vez el aroma de la carne podrida? Es un olor desagradable, porque resulta contrario a la vida. En alguna parte de nuestro cerebro se enciende una señal de alarma: eso no es bueno, no se puede comer, aléjate, grita una voz secreta, la supervivencia de los antiguos cazadores. El olor a podrido es dulce y picante a la vez, es desagradable… y adictivo. Una vez que tu nariz le permite pasar a los oscuros recovecos de tu cuerpo, aunque todo tu sistema nervioso parpadea y manda descargas eléctricas a tus músculos, instándoles a la huida, una parte de ti desea quedarse, y aspirar por siempre la muerte, la repugnancia, la descomposición. Porque no hay nada más humano que las vísceras descomponiéndose al sol, toda esa carne desparramada en un suelo que hace tiempo ha chupado la sangre, ofreciéndose.



De la nueva historia que me traigo entre manos.

martes, 3 de mayo de 2011




Entre campos de amapolas he correteado con la chica de Oriente y Occidente.

Dolor, rabia, amor, tristeza, alegría, desasosiego, atracción, pérdida...

Las amapolas son calmante, son somnífero. Salen de repente en primavera y se van igual de rápido. Vulnerables y salvajes a un tiempo.



Llega el momento de cortar. Lo terrible. ¿A dónde voy cuando llegue junio? ¿A dónde voy? ¿Qué será de mí en septiembre?

Cortar, cortar, cortar.

Strenght.

lunes, 2 de mayo de 2011



He vuelto. Cuatro semanas más, y volveré a marcharme. Y esta vez, quién sabe cuándo retornaré. He vuelto sí, aunque no conseguí del todo mi propósito, al menos si traigo nuevas historias bajo el brazo. Y la seguridad de que ahora yo escribo. Cualquier error en el guión, cualquier reglón torcido, es responsabilidad mía. Ya se me ha dicho que debo asumirla.

Me iré. Sola y sin mucho. A recorrer un país que es el principio, mi principio. Sus verdes y húmedas praderas han permanecido en silencio durante siglos, los cementerios abandonados bajo el cielo encapotado y gris... ¿es a caso una locura pretender pensar que a mi si me hablarán? No me importa. Pues alcanzaré mi destino, y subiré esas escaleras, escaleras que suben en medio de ninguna parte. Y cuando llegue arriba, y pueda ver sus tierras lejanas y el inmenso océano rodeándome, a mí, a penas una gota descarriada, entonces...