sábado, 8 de octubre de 2011




Acto Quinto:
     Hasta que no había cumplido los dieciocho no se produjo un verdadero cambio en lo que había sido mi vida hasta entonces.
     Todo comenzó en un baile que había organizado la Reina con motivo del cumpleaños de su ahijado, Lord Neville, único hijo de Lady Saith, la inmortal de Gales. Aquella iba a ser al fin una fiesta de verdad, tan excéntrica, lujosa, pecaminosa y grandiosa como solo las de los sidhe pueden serlo, aunque empezó de una manera bastante comedida y correcta, como toda etiqueta inglesa exige.
     Primero hubo un banquete y tarta, bastante aburrido, siempre he detestado esos dulces coloridos de los sidhes llenos de formas sugerentes y exóticas pero sin sabor alguno. Luego llegaron los regalos (tan aburridos como absurdos) y creí dormirme. Finalmente, algunas palabras de los nobles al niño felicitándole sus catorce años, diciéndole que ya era un hombre, y muy pronto podría tomar sus responsabilidades de forma activa en la corte. En ese punto del discurso asomé la cabeza desde mi sitio al final de la mesa para ver a mi primo Neville al que, si os soy sincero, ni siquiera recordaba, y casi me entraron ganas de echarme a reír sin taparme si quiera la boca con la mano. ¡Pero qué veían mis ojos…! Yo siempre había sido un niño bajito, incluso a los catorce años, pero jamás infantil, si entendéis la diferencia entre los dos términos. Pero él… oh, dioses, qué imagen más patética ofrecía. Aunque al menos de un metro setenta de alto, parecía tener siete años, por cómo se comportaba, todo risitas y mohines siempre entre los brazos de su madre o la Reina. El pelo, dorado y largo, le caía en tirabuzones a ambos lados de la cara, dándole una apariencia ciertamente femenina. Llevaba puesta una blusa con chorreras y volantes, un chaleco de punto rojo por encima con un estampado de rombos y, lo más ridículo de todo, una gorrita también color carmín con ribetes dorados. Parecía una muñeca de porcelana vestida por alguna niña rica, un muñequito al que mostrar, con sus ojitos verdes y su boquita de piñón. Cuando pensé en que él podría ser el sucesor a la corona de Gales me alegré sinceramente de que su madre fuera inmortal. Entregado estaba yo a estas divagaciones cuando mi madre me agarró del hombro para llamar mi atención, le asentí casi sin darme cuenta. Y antes de que pudiera entender cómo y por qué, me encontré aceptando un compromiso tan bochornoso como insufrible.
     Las damas de la corte habían oído de mi habilidad con el piano, y pensaron que sería una buena idea que yo tocara algo para que Neville pudiera cantar, porque tenía una voz tan bonita, aún blanca, ¿no es encantador? Sería simplemente delicioso si ambos pudiéramos deleitar sus oídos. Iba a contestarle que para qué, si seguro que debían de estar taponados de chismorreos, pero era imposible negarse, la chispa de furia en el fondo de los ojos de mi madre anulaba toda posibilidad. Así que, muy a mi pesar, tuve que levantarme y colocarme tras el piano de cola en el que antes nadie había reparado pero que había permanecido todo ese tiempo sobre una tarima a la derecha de la estancia. Neville, dando saltitos y muy satisfecho ante la posibilidad de poder lucirse ante su mami, la tita Meredith y las doscientas damas insufribles de la estancia que se empeñaban en tratarle como a un cachorrito de gato, corrió hacia mí con inocente alegría pidiéndome si podía tocar Rue de Cascades, su canción favorita. No me atreví a negarme por si entonces sugería alguna que fuera peor, así que, sin muchas ceremonias, acepté.
     Comenzó la actuación; yo no estuve muy atento la misma, la pieza era tan sencilla que ni siquiera tenía la necesidad de prestar atención a los movimientos de mis dedos. Aproveché pues para fijarme en los que nos rodeaban, aparentemente embelesados por la voz de Neville, aguda y cristalina como un riachuelo en primavera. Estaba, por un lado, mi madre, que lo miraba a él con una delicia que jamás a mí me había dirigido; luego su madre, Lady Saith, vestida de negro y con encajes como era su costumbre, la larguísima cabellera rizada enredada con la nada despreciable cantidad de abalorios que llevaba colgados al cuello. Siempre tenía un aire de locura, como si estuviera en otro lugar muy lejano a esa estancia, en quién sabe qué recovecos perdidos del Ensueño. La Reina, como una pantera de las nieves, siempre vestida de blanco y con una actitud amenazante incluso estando sentada. Finalmente, que alguien nos observaba no se me pudo pasar desapercibido, y tuve que detener ese reconocimiento general para buscar a aquella o a aquel descarado. Me encontré con un par de ojos color noche de invierno rasgados, que ni siquiera me estaban mirando a mí, si no a mi primito, Neville, que seguía deshaciéndose en gorgoritos. Eran estos ojos de un muchacho alto, más o menos de mi edad, vestido de esmoquin. No tardé en reconocerlo: era el acompañante de Lord Godwin, que tanto revuelo había causado al comienzo de la fiesta, pues se decía que, lejos de ser un noble sidhe o provenir al menos de una familia con cierto renombre, era un sátiro cualquiera, probablemente (esto se había dicho tras la seguridad del abanico) de los que trabajaba en el local que la pobre desviada de Sumire Savage (¿te lo puedes creer? Esa niña va a matar de disgustos a su padre, si es que no lo ha hecho ya) había abierto en pleno Londres. Sí, estaba claro que no era un sidhe. Había algo de asiático en sus rasgos, los ojos rasgados, el tono pálido de la piel o la cabellera negra, pero por lo demás era un chico de esos en los que el adjetivo guapo o bien parecido no desentona. Ahora bien, por qué demonios mostraba tanto interés en mi primo, eso ya se me escapaba, pero desde luego estaba seguro que no era por lo que estaba cantando…
     Terminé la pieza y el extraño muchacho aún no había dejado de mirar a Neville, que a estas alturas ya estaba ruborizado. Era tan evidente, que hasta Lord Godwin se dio cuenta, y con la rabia brillando en los ojos le dio un buen tirón de brazo al muchacho y se lo llevó echando chispas de allí.
     Después de los halagos y demás comentarios sobre la pieza, la fiesta comenzó a relajarse a medida que el ponche iba desapareciendo de las enormes fuentes de plata que habían sido colocadas por toda la habitación. Las conversaciones dejaban de ser aburridas para volverse ridículamente interesantes, los valses dieron paso a los bailes frenéticos, y la ropa empezó a caer en descuidos accidentales. Mi hermana tuvo que irse (sus institutriz tenía órdenes estrictas de mi madre de llevarla a casa a la medie noche) con lo que me quedé sin compañía, así que me dediqué a vagar por la estancia, buscando cosas interesantes que ver mientras degustaba un poco de licor en una copa de cristal coloreado. Alguna que otra jovencita lo suficientemente ebria me pidió bailar, a lo que yo respondí con una tajante negativa, de manera que hice llorar a un par de ellas, lo cual me llevó a alejarme del salón con gran enfado. Lágrimas y cotilleos, no sabría decir cuál de las dos cosas logra sacarme antes de mis casillas. Deambulando por los silenciosos pasillos del enorme palacio en penumbra, tarareando una canción, descubrí una escena de lo más interesante.
     En la planta de arriba, donde yo sabía que había dormitorios y buscaba alguno en el que poder ocultarme y conceder a mis pobres piernas un descanso (nunca he acabado de comprender como una sola jornada de baile puede agotarme más que una semana entera cazando) había una puerta sugerentemente entornada, de esas que incitan a mirar hacia el interior de la habitación. Atenué mis pasos y vacié el contenido de mi copa en un jarroncito de rosas que había por el corredor según me acercaba. Cuando estuve lo suficientemente cerca y me aseguré, por los jadeos ininterrumpidos que salían de la estancia, de que nadie me había visto, asomé la cabeza. Y, como he dicho, vi algo de lo más interesante.
     Eran, como ya habrán imaginado los lectores, dos cuerpos enredados en el estrecho y sudoroso abrazo que todo acto sexual requiere. Lo curioso no era la acción en sí (había visto antes a dos personas haciendo el amor) si no de quienes se trataban. El de arriba no me sorprendía, al fin y al cabo ya se había dicho todo antes, pero es que abajo, entre almohadones de gasas rosas, el cuerpo completamente desnudo y las piernas abiertas, estaba mi querido primito Lord Neville, cuyos encantos y virtud las damas de la corte no habían dejado de comentar antes durante horas. Su pelo caía como una cascada sobre las sábanas, sus ojos estaban cerrados con  fuerza, a punto de estallar en lo que parecían lágrimas, y su boca lanzaba gemidos de algo que debía de ser o una horrible tortura o el placer más indescriptible, tal era su intensidad. Sus piernas se enredaban en torno a la cintura de otro muchacho, y sus manos le arañaban la esbelta espalda de este, que no era otro si no el atractivo acompañante de Lord Godwin, que por lo visto había decido que el hijo de Lady Saith de Gales pagaría mejor sus servicios, dada su posición. El cuerpo de este subía y bajaba, en profundas embestidas que amenazaban con deshacer a su compañero, quizá demasiado joven. Pero no negaré que había cierta belleza en aquel balanceo armonioso, en la fricción de dos cuerpos adolescentes que no eran sino deseo mismo, más allá de toda humanidad. En un momento el chico moreno se giró (Neville, que todo ese rato había estado de frente a mí, no parecía dispuesta a abrir los ojos) y me vio. Su rostro perfectamente cincelado estaba cubierto por un rubor salvaje, y sus ojos brillaron con peligro cuando comprendieron quién era yo y lo que significaba. Pero finalmente decidió que en ese momento le importaba más llegar al orgasmo que los efectos que mi confesión de lo que acababa de presenciar yo pudieran tener sobre Lord Godwin, así que siguió a lo suyo, redoblando si cabe la fuerza de sus empujes, para deleite de mi primo, cuyos gemidos se habían transformado ahora en verdaderos gritos.
     Entorné la puerta, ya había visto suficiente, y me iba a marchar, cuando descubrí otra figura en el pasillo. Por un momento pensé que sería Lord Godwin, en cuyo caso habría sido muy interesante de ver lo que se desarrollaba a continuación, pero no, no era él, sino Lady Corliss, la hermana pequeña de Lord Godwin, precisamente, que apenas debía rozar los veinte. Caminaba dando tumbos, más borracha de lo que yo podría imaginar; el elegante vestido dorado con faldas de muselina y adornado con perlas cosidas en hilo brillante había perdido ya más botones de los que pueden disculparse, y cuando me vio, empezó a agitar la mano y a llamarme desbocada:
     -¡Lord Coriander… Lord Coriander…!
     -Lady Corliss, querida, qué placer veros… -comencé, de improviso de un humor excelente.
     Y como toda respuesta, ella soltó una risita demente que puso a la vista todos sus dientes pequeños y torcidos, mientras, sin ningún decoro se levantaba las faldas y me mostraba su sexo al descubierto, sin enaguas ni otra ropa interior que lo ocultara, tan solo el suave vello castaño.
     Y no necesité más invitaciones, porque desde que había observado la curiosa escena protagonizada por Neville la excitación había crecido en mis caderas sin que pudiera evitarlo, y sin muchas ceremonias hicimos el amor en el pasillo, sin importar que nadie pudiera vernos y sumando así los gritos de ella a los de mi primo. Y era la primera vez que hacía el amor con otra persona, pero no fue especial, ni maravilloso, sino simplemente una sensación instintiva la de bajarme los pantalones y agarrar sus caderas para hundirme en ella. Lady Corliss cerró los ojos al sentirme y empezó a gemir lo mucho que me quería y lo guapo que yo era, pero lo cierto es que yo, ni le tenía ninguna estima ni me parecía bonita, lo cual me pareció un poco irónico. Le hice el amor de la manera más fría y violenta que existe, sin importarme si le hacía daño ni mucho menos si sentía placer. Simplemente la usé hasta que la fricción de sus caderas me trajo el placer que había estado arañando todo ese tiempo, y cuando me vertí en sus entrañas tan solo me permití un aliviado suspiro antes de separarme de ella y volver a vestirme. La dejé ahí, tirada en el pasillo, medio desnuda y en un estado etílico que habría preocupado a otro compañero más empático pero no a mí.
     Ya me estaba marchando, limpiándome las manos con un pañuelo, con un recato que jamás había sentido antes con la caza, cuando una mano en mi hombro me hizo volverme.
     Era el chico de ojos rasgados, que hacía unos minutos había tenido el honroso privilegio de conocer a Lord Neville de la manera más íntima.
     -Milord… -empezó, y aunque intentaba ser educado a la hora de dirigirse a mí, se notaba en la fiereza de sus ojos que en realidad yo no le merecía ninguna clase de respeto.
     Pero yo seguí caminando, sin escucharle, quería salir a la terraza del fondo del corredor, de improviso hacía mucho calor dentro.
     -Milord… -repitió el otro, con más insistencia, y yo supe que no me dejaría en paz hasta que escuchase lo que fuera que tenía que decirme. Me detuve-. Milord, por favor, no digáis nada.
     Le miré, alzando las cejas, sorprendido. ¿Desde cuándo un sátiro me decía a mí, Abel Coriander Seavers, lo que tenía o no que hacer? Pero entonces la luz que provenía de la terraza cercana iluminó sus rasgos, y yo pude descubrir que, además, de hermosos, estaban pintados con el tono violáceo de unos moratones, aquí y allá. Por lo visto los prontos violentos de Lord Godwin no eran un bulo más. Casi sentí lástima del muchacho, preguntándome cuantas vejaciones habría tenido que soportar hasta el punto de arriesgarse a yacer con el mismísimo ahijado de la Reina solo por ver si podía cambiar su suerte. Porque desde luego, había muy pocas personas con el poder de robarle la diversión a Lord Godwin, y Neville, para bien o para mal, era una de esas. Vaya, vaya. El chico sátiro era listo. Muy listo. Y simplemente por eso, lo miré con algo más de simpatía, y aunque no dije nada, permití que sus manos bajaran por mi pecho y sus labios acariciaran los míos, y aunque jamás sentí ni he sentido particular interés por los hombres por encima de las mujeres, he de reconocer que sabía lo que hacía, puesto que cuando se arrodilló para pagarme el favor de mi silencio mi cuerpo ardía por el suave contacto de sus labios…
     Sin embargo, de esa noche, más allá de algunas sorpresas, saqué en conclusión una profunda tristeza. Pues aunque el contacto humano primero con Lady Corliss y luego con el chico de Lord Godwin no había pasado de excitante, había encendido en mí el deseo de buscar, buscar otro cuerpo afín al mío, otra alma que yaciera junto a la mía mientras nuestros cuerpos se enredaban. Una presencia que llenara ese vacío del que antes no era consciente, alguien que me hiciera gemir los goces del amor, aunque fuera solo por una vez…