sábado, 22 de octubre de 2011



Últimamente, cuando vuelvo a casa en tren, el tópico de las conversaciones que flotan en el melancólico ambiente mezclado con la decadencia del crespúsculo: crisis. Y a esto se suman las deudas, hipotecas, horarios imposibles, compañeros de trabajo desagradables, jefes inhumanos...

Sin embargo las personas que hablan de esto nunca me parecen pobres. Todas tienen móviles por lo general más modernos  que el mío, visten ropa a la moda, tienen la cara limpia, y creo que puedo escuchar el latido de sus tarjetas de crédito dentro de la cartera de piel. Ni siquiera dudo que al llegar a casa les esté esperando un plato de comida caliente y una televisión en la que perderse.

¿Son pobres, pues?

Sí. Naturalemente yo pienso que lo son. Ya que, de acabar como ellos algún día, creo que me retiraría de la función.

Pues no hay dinero en el mundo suficiente como para pagar la infelicidad que acarrean.

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