jueves, 16 de febrero de 2012





A veces uno necesita algo más, oye, y es perfectamente compresinble. Aunque aparentemente no sea más que otro de esos muchos estudiantes universitarios: gafas de tanto leer volúmenes en la penumbra de la biblioteca, pelo largo como símbolo de rebeldía, caminar de hombros hundidos (la angustia existencial también pesa).

Pero, de tanto en tanto, como ya he dicho, necesito hacer algo.

Creo que por eso, aquella tarde, escalé en completa soledad la colina ignorada por todos. El aire era suave y revolvía aquella hierba salvaje, que crece libre de cualquier diseño. Cada paso me alejaba de la sociedad y sus buenas y malas costumbres, de leyes y moralidad, porque en lo alto, donde los páramos se perdían en el horizonte (líneas grises, el vacío hecho imagen) termina esta dimensión y empieza la otra. La mayoría de la gente prefiere nacer y morir allá donde ha sido asignado: pocos se aventuran por otros mundos, más allá de la palabra escrita. Las leyendas crueles circulan, sonbre los entes que habitan esas otras dimensiones, en su mayor parte exajeradas y satanizadas: se odia lo que no se conoce, se teme lo que puede llegar a remover los cimientos aparentemente más firmes de la conciencia.

Pero no siento ni sentía ese miedo. De hecho, me sentía extrañamente feliz al saber en cuan inicerta situación estaba a punto de encontrarme.

Atravesé sin problemas la barrera, invisible, tan solo se sintió como un ligero escalofrío, y ya estaba allí. El paisaje cambió por completo: barrios abandonados, edificios vacíos, calles sucias y llenas de basura, la decadencia de la que tanto me habían avisado mis maestros.

Recorrí aquellos paisajes industriales, los muros con pintadas y el cielo plomizo. A cada paso escuchaba sus susurros y sentía su rechazo: probablemente se esondían ante la presencia de un extraño, pero no tardarían en darse cuante de que yo no suponía una amenaza para sus vidas, y entonces se prepararían para acabar con la mía.

No pasó mucho tiempo hasta que uno de ellos se me cruzó, enorme y terible, una mole de carne que enseñaba sus dientes sucios, un humano como yo y aún así tan diferente, la energia violenta y peligrosa emanaba de cada uno de sus poros, sus ojos pequeños y taimados calcularon enseguida cuanta fuerza él habría de aplicar para romper todos y cada uno de mis huesos. Cabello negro y corto, piel morena, vestido tan solo con unos pantalones de chandal y un abrigo sucio. Una cadena de abalorios, probablemente de oro, centelleaba desde su cuello. Aunque yo no iba a ponérselo tan fácil. Saqué mi arma, esta vez un martillo pequeño de color negro metálico, que había robado. Y entonces él se lanzó sobre mí, y aunque le golpeé con fuerza (que bien me supo aquella descarga, el saber que con una extensión de mi propio cuerpo estaba aplastando la carne y llamando a la sangre) sentí enseguida en mi propia piel la mordedura de algo afilado: un cuchillo largo y con dientes. Mi coontrincante estaba armado, advertí, confuso, esta era la primera vez que ocurría. Hasta entonces había compensado la diferencia evidente de fuerzas trayendo diversas armas que daban más potencia a mis ataques, pero de esta nueva manera no estaba yo muy seguro de salir airoso.

El combate comenzó, ahora sí. Por cada golpe que yo lograba darle, intenso y certero, el deshacía mi carne al menos tres veces. Lo vi caer raudo sobre mi garganta, y en a penas un delicioso segundo logré cubrir esa distancia con ambas manos. Una, dos, tres puñaladas asestó en ellas el otro, jadeando, y yo aguanté el dolor porque sabía que si no sería la muerte. ¡La muerte! Tuve ganas de reír, aunque todo mi cuerpo se retorcía de angustia.

¡Solo así puedo sentirme vivo, en el momento en que veo próximo el final de la obra, sé que debo declamar con especial énfasis la que puede ser mi última escena!



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Regresé. Siempre se regresa. Las otras dimensiones existen para ser una escapatoria, pero todos acabamos volviendo al redil. Al menos los que estudiamos los libros e intentamos poner algo de lógica a esta confusa era.

Mis amigos me preguntaron, también mi hermana pequeña, cuando vieron las cicatrices que asomaban traicioneras por las mangas del jersey que llevaba puesto. Orgulloso, les mostré mis brazos marcados con las puñaladas, las heridas aún tan frescas que la costra de sangre coagulada exhibía un color rojizo. También en las piernas, e incluso me levanté la camiseta, a pesar del escozor que sentía, para mostrarles la espalda. Quería que vieran mi carne marcada, convertida en un mapa de sensaciones inexplicables, incomprensibles para ellos. Como los geroglíficos de una civilización desconocida, que esconden mensajes que solo pueden ser entendidos por unos pocos.

Quisieron saber por qué. Y yo deseaba informarles, pero de repente las palabras me fallaron y se convirtieron en barcos de caso agujereado que intentan sobrevivir en el océano. Destinados a hundirse. Sin embargo en mi cabeza había una imagen, clara y concisa: mi abuela, en su viejo caserón, tres plantas buhardilla y sótano, habitaciones lujosamente adornadas, metros y metros cuadrados de comodidad y elegancia; y ella sola, en ese inmenso salón, con las luces apagadas, sentada en un pequeño sillón floreado y cubierto con visillos, con una sola lámpara de pie a su lado que la ilumina lo suficiente como para que pueda hacer crucigramas mientras espera a la muerte.

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