martes, 15 de mayo de 2012



Todos los domingos había comida familiar en casa del inspector, que se jactaba de que no solo se le daba bien lidiar en ese terreno salvaje y lleno de confusas sombras como el la justicia, sino que también sabía preparar unas paellas deliciosas. Eso -decía él-se debía a esos dedos ágiles, acostumbrados a apretar con certeza letal el gatillo, pero sobre todo a una condición indispensable: había nacido cerca del mar, en esas tierras donde el arroz tiene el color del sol y su delicioso aroma se mezcla con la brisa salada.

Solía invitar a los compañeros veteranos, a aquellos a los que les blanqueaba el cabello, tenían una retaíla interminable de anécdotas y que cuando hablaban de política se ponían colorados y alzaban la voz. Entre aquel grupo de hombres barrigones vestidos con camisas de manga corta y cuello abierto se podía encontrar uno o dos de los oficiales jóvenes. Solían pasar desapercibidos porque casi nunca hablaban, y la mayoría del tiempo se dedicaban a degustar el arroz o responder con cierta timidez las preguntas de la mujer del inspector, una mujer menuda pero de mirada inteligente que trabajaba en una biblioteca y una tarde al mes dirigía, junto con su marido, el club de lectura.

La rutina siempre era la misma: todos estraban por la puerta, donde el isnspector, siempre sonriente, les recibía, como la perfecta anfitriona. Su mujer solía estar sentada en el sillón, leyendo, con las gafas puestas. Siempre iba vestida con blusas amplias de colores brillantes y estampados étnicos, y debajo unas mayas oscuras. Era una mujer atractiva, aunque rebasaba la cuarentena aún era joven, y sus ojos oscuros tenían un brillo inteligente, el de las personas pragmáticas. Se podía hablar de ella de cualquier cosa, aunque tenía una lengua muy afilada y de tanto en tanto sus comentarios escandalizaban a los hombres de la justicia.

De vez en cuando, si invitaban a algún chaval nuevo, mandaban a la hija a buscarlo a la para del autobús, unas casas más allá, porque el acceso al chalet no era fácil de encontrar. Los veteranos del grupo habían visto crecer a esa niña silenciosa que era la viva imagen de la madre, y ahora se había convertido en una jovencita encantadora de esas que van con la cara lavada, el pelo recogido en una cola de caballo, y una sonrisa amable ante el mundo.

De las que ya no quedan, vamos. Eso se decían entre ellos.

A la chica no le gustaban en realidad las comidas. Aborrecía la paella de tanto comerla y no le gustaba que la intimidad del hogar quedara invadida por una manada de gritones y envalentonados policías que habían pasado de despeinarle el flequillo con sus caricias a lanzarle disimuladas miraditas cuando su padre estaba en la cocina preparando el arroz antes de sacarlo y su madre tenia la vista clavada en su libro.

Sin embargo, de entre todos ellos, había uno que le caía lo suficientemente bien como para responder a sus preguntas con algo más que monosílabos. Era de los jóvenes, y aunque no era nada guapo, al menos sí divertido a la manera en la que a ella le gustaba, es decir, contaba algo más que los chistes verdes a los que la tenían acostumbrada el resto de la tropa.

Era moreno y no muy alto, de ascendencia mejicana, aunque no tenía acento. La cabeza rapada, los ojos grandes, negros y dulces, el rostro redondeado y los labios carnosos. Su edad rondaba los treinta o treinta y cinco, tenía el cuerpo de un deportista aunque se le empezaba a notar un poco de tripa por encima del cinturón. Cuando hablaba con la chicha y ella le tomaba el pelo, sus ojos negros relucían con unas chispitas sagaces, mientras seguía la broma. La hija del inspector pensaba que era un tipo de lo más astuto. Además, era detective.

Una tarde como tantas otras la comida se terminó y el inspector y su mujer despidieron a los invitados y se marcharon rápidamente al club de lectura. Dickens era el autor del mes de marzo.

Ella se quedo sola, observando su reflejo en el enorme espejo de la entrada. Cuando llamaron a la puerta y era él, el detective, la chica supo que nunca se había marchado, sino que había estado esperando a que los padres abandonaran la casa. Repasó mentalmente todas las veces que se habían mirado, y las numerosas insinuaciones, como ella había lanzado el balón pero él había corrido siempre a recogerlo, aunque con bastante elegancia, todo hay que admitirlo. La situación era un poco extraña porque ella tenía solo diecinueve años, el pelo revuelto y se le veía un tirante del sujetador blanco a través del cuello abierto de su camiseta de manga larga, decorado con un motivo infantil. Solo había estado jugando, pero no estaba asustada.

Si hablaron fueron pocas palabras, algo de conversación insustancial, mientras él entraba de nuevo en la casa y dejaba como si nada la gabardina negra que siempre llevaba -al estilo de alguna película Hollywoodiense- en el mismo sillón donde no hacía tanto tiempo había estado su madre. Antes de que quisieran darse cuenta él la estaba besando con violencia mientras subían las escaleras, aspirando el olor a sudor mezclado con el champú de limón que usaba la joven, acariciando esa piel tan suave, sintiendo el cuerpo menudo y frágil latiendo bajo el suyo, respondiendo a su ímpetu. Probablemente él hubiera querido llegar a la habitación de la chica, quizá a la cama, pero como no conocía la planta de arriba de la casa y la hija del inspector no pareciera prestar atención al detalle, acabaron en el baño. Ella se bajó los vaqueros con los bajos deshilachados y el se quitó la camisa oscura dejando al descubierto el torso de piel morena y suave vello oscuro. Con la urgencia de un deseo acumulado durante varios meses, él la cogió en brazos -su cuerpo grácil, que se revelaba sorprendentemente hermoso bajo aquellas capas de ropa- y la sentó en el lavababo. En ese momento la chica abrió los ojos, mientras sentía el frío cristal del espejo en su nuca, y supo lo que iba a pasar en los difusos momentos en los que escuchaba el chasquido del plástico al rasgarse. El juego había ido demasiado lejos y ella nunca había pretendido sobrepasar el umbral, pero ya era demasiado tarde. Cuando quiso abrir la boca, solo un gemido ahogado salió de su garganta. Él le abrió las piernas y sintió su humedad -su cuerpo la traicionaba- así que entró con decisión, mientras no dejaba de besarla, en los párpados, la nariz, la barbilla, el cuello.

Era una sensación placentera, pensó la chica, aunque no era así como había pensado perder su virginidad con un hombre. Le gustaba el olor a after-shave de él, intenso y masculino, no estaba acostumbrada. La manera en que lo sentía moverse dentro de ella era nueva, y cuando él se corrió y se separó, pudo ver su sexo, de un tamaño nada despreciable y que no acababa de entender como había entonces encontrado cabida en la modesta abertura de su cuerpo.

Mientras él intentaba recuperar la respiración y se abrochaba los pantalones, ella se bajó del lavababo, se quitó los calcetines, la camisa y el sujetador, y empezó a llenar la bañera. Había supuesto que él se marcharía en cuanto la viera preparar el baño, o que al menos le dejaría un poco de intimidad. Estaba claro que ya había tenido lo que había venido a buscar -el sexo- y la había pillado desprevenida con el cuerpo ansioso de carne, afortunado él. Pero ahora, ¿por qué seguía ahí?

Se metió en el agua, deliciosamente cálida, y empezó a limpiarse si ningún pudor, mientras dejaba que sus miembros se adormecieran poco a poco.

El detective la miraba, silenciosamente, con una expresión indescifrable. Finalmente, se sentó en el suelo, con los brazos apoyados en el borde blanco de la bañera. Sonreía. Ella se mordió el labio inferior. Quizá no había venido solo por el sexo, después de todo.

-Estoy con alguien -dijo ella, finalmente.

-Mmmmh -él siguió mirándola, sin dejar de sonreír- me lo suponía.

No ha venido por el sexo, se dijo por segunda vez. Y era cierto. En sus ojos, que recorrían ahora cada centímetro de su cuerpo, en la tranquilidad con la que él asimilaba la información que le estaba dando, aunque sin poder ocultar un brevísimo instante de decepción, había algo más que deseo.

-Es una chica -continuó la hija del inspector, haciendo círculos en la superficie cristalina del agua. Luego levantó la mirada para observar su reacción.

-Ah -dijo él, frunciendo el ceño-. Bien -dijo finalmente.

Siguieron mirándose. Él era mayor, no era guapo, pero en realidad ninguna de esas dos cosas le importaban demasiado. Le gustaba más su conversación, la manera que tenía de mirar el mundo con curiosidad, la sinceridad con la que le había hecho el amor, entregándoselo todo en aquellos momentos, aunque hubieran sido breves.

-No me siento bien con esto... -dijo la chica al fin, con voz ahogada.

Él le cogió la mano, suavemente. La de ella, blanca y de dedos largos, encajaba perfectamente en una de las de él, enorme y cálida.


Se había enamorado.





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