martes, 2 de noviembre de 2010






Yo por aquel entonces sentía un completo desprecio hacia mi cuerpo. Una intensa mezcla de rechazo y desagrado. Recuerdo manos grandes y ásperas; pequeñas y blandas; ardientes y frías. Manos que habían tocado toda clase de cosas y ahora frotaban mi cuerpo por esas zonas donde la piel es suave, cálida y sensible. Manos extrañas ensuciando mis huecos más íntimos. Oh, sí, sucio, sucio, sucio. La palabra es una mueca en los labios que la pronuncian.
            ¿Por qué lo permitía?
            No buscaba el placer. ¿Placer? Para mí esa palabra falsa no era más que sinónimo de repugnancia. Placer: ver deseo en los ojos entrecerrados me producía náuseas. Sentir el aliento entrecortado en mi cara me daba asco. Sin embargo, justo cuando pensaba que no podría resistirlo, cuando el dolor se hacía insistente, todo se mezclaba, y mi vista se nublaba… mi cuerpo se estremecía. Escalofríos en la espalda, calor en el vientre. Me tensaba con violencia, me relajaba unos segundos y volvía a tensarme, otra vez, y otra, y otra… Entonces mis manos se crispaban, y buscaban agarrarse a algo, cualquier cosa. Me faltaba el aire y casi sollozaba intentado respirar. Y en aquella humedad desagradable, mi cuerpo se retorcía ansioso, a espasmos, como si estuviera enfermo. Y en cierto modo así era. Porque interiormente quería morirme. Habían ganado ellos, los otros, con sus sucias manos habían logrado arrancarme el placer. Y mentalmente eso era tan doloroso como físicamente sentir que te arrancan la piel a tiras. Lo hacen en contra de tu voluntad y no te dejan nada. Sólo vulnerabilidad: carne roja y sanguinolenta expuesta al aire, al sol.
            Sin duda prefería el dolor. Se puede presentar de muchas maneras, pero yo disfrutaba con todas. Puesto que el placer me era una enfermedad,  esto lo sentía como un bálsamo. El desgarro repentino. El roce continuo que amenazaba con partirme. Dientes que al morder aprietan demasiado, o manos que resultan ser garras. Una fuerza que me hundía sin permite respirar. Los ojos se me llenaban de lágrimas y llegaba a meterme los dedos en la boca para no gritar. Pero interiormente me sentía feliz. Ellos eran los malos, por supuesto. Con manos torpes me moldeaban a su gusto, pero no había sido decisión mía. Pronto todo pasaría. Ellos serían castigados, y yo seguiría manteniendo de alguna forma mi pureza. Así sucede en el mundo de los justos, donde la inocencia es una brasa que jamás se extingue. Sí, a veces me imaginaba que era como una violación. Y volvía a representar mi papel de víctima, disfrutando con la sensación de ver mi cuerpo mancillado de forma cruel. Una y otra vez. Siempre. Nunca me cansaba.
            No sentía ningún aprecio por mi cuerpo. Recuerdo que una vez llegué incluso a prostituirme para poder pagar un billete de metro de regreso a casa. No le pedí más dinero al hombre que no me dejaba pasar, aquella madrugada lluviosa de corredores en penumbra. Tampoco sentí remordimientos en ningún momento. ¿Por qué iba hacerlo? Precisamente así era como yo veía mi cuerpo: como una moneda de cambio. Aquello que se interponía entre mi mente y las cosas que yo deseaba. Os juro que si en algún momento hubiera podido deshacerme de él y vivir como un ente, formado solamente por humo y espíritu… habría alcanzado la libertad.
           
           
             

1 comentario:

Mew dijo...

Se me viene una palabra a la cabeza... touching. Así, tal cual. Lo que significa en su propio idioma me gusta más que la aproximación que puedas darle en nuestro lenguaje.
Me ha recordado tiempos pasados...