viernes, 24 de diciembre de 2010




Trato de esconderme tras una máscara: cada paso ha sido cuidadosamente calculado, cada movimiento exhibe una fría elegancia, las emociones fingidas son como flores de plástico en un jarrón junto a la ventana: no saben beber del sol pero nunca se marchitan.

Pero me confieso incapaz. Mi temor a los lugares cerrados, aquellos de los que no puedo escapar, es más fuerte. Y la máscara amenaza con quemar mi piel, me impide respirar y ahoga mi voz.

Me la arranco, cojo una bocanada de aire fresco, sonrío, y centro mis esperanzas en lo único que me queda:

mi buena suerte.

1 comentario:

Mew dijo...

Personalmente, he de reconocer que una máscara es extremadamente útil en cierto tipo de ocasiones... En todos y cada uno de los momentos en los que me apetece salvaguardar mi anonimato.
Que sino para qué, con lo que me gusta a mí sentir el sol en las mejillas.