viernes, 17 de agosto de 2012






Ayer me salió mi primera cana.

No la vi yo, no tengo ojos en el cogote (lástima, en algunas situaciones serían de lo más útiles, artífices inefables de miradas indiscretas) sino que alguien cercano, me agarró el pelo en cuestión y exclamó:

-¡Mira, tienes un pelo blanco!

Estupor, sopresa. Ante mi mente desfilan varias imágenes: Einstein, Séneca, Panorámix, Osho, Platón, Albus Dumbledore... Siempre supe, ya desde la interna infancia, que mi destino iba a ser loable, pero no empuñando la espada como el guerrero o siendo madre de hijos célebres, (en absoluto). Digo loable a la manera de los que conocen lo que hay arriba y lo que hay abajo, los que elaboran preguntas cuando otros simplemente ven respuestas, aquellos que son como imponentes montes de sabiduría... coronados de níveas cumbres.

Y sin embargo, algo se retorció dentro de mí, y me levanté de la mesa (estaba sentada, reposando los alimentos ingeridos en la comida), y alcé mis manos hacia los cielos y clamé por los Dioses, ¿por qué ahora? ¿Ya estoy preparada? ¿Es posible que mi cerebro, ese órgano escurridizo y que siempre uso para perderme en divagaciones, ha alcanzado ya la dureza necesaria para moldear nuevas ideas, de esas que cambian la vida y el destino de la humanidad?

Claman truenos en el cielo, el sol arde más que nunca y el viento agita las copas de los árboles. Por encima de mi cabeza vuela una cotorra de un color verde brillante, totalmente ajeno al país que conozco y que proviene de la Amazonia secreta y misteriosa.





De todas formas, al mirarme yo en el espejo, advertí que era rubio. Muy claro, clarísimo, sí, pero rubio.

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