lunes, 10 de septiembre de 2012





<<Escrito el 08/09/2012>>

Primer día completo en la Atenas del Norte. De cómo he llegado a aquí, ya os lo contaré en otra ocasión. Lo que ahora está claro es que me quedan tres estaciones más por disfrutar por entre las verdes praderas de Escocia, esto es, mucho tiempo para relataros historias y leyendas más o menos verdaderas…

               Me acompaña mi progenitor, que ha tenido la elegancia (y la amabilidad, todo sea dicho) de seguirme en los comienzos de este viaje. No  recordaba lo bonito que era pasear junto con alguien que te quiso antes de crearte, a su manera, sí, pero seguimos hablando de amor. Lo bonito de escuchar las vivencias de alguien de quien procedes y descubrirte en muchos de sus pensamientos, creencias e incluso pesares… A veces te olvidas de las cosas bonitas, pero la vida (esa de la que tanto me quejo cuando me sorprende con una piedra en el camino) también se encarga de recordármelas de vez en cuando a través de momentos que son como preciosas instantáneas que una quisiera guardarse para siempre en la memoria. Como esas fotos en sepia, que por más que cumplan años jamás pierden encanto.
               Pero me dejo de poemas y vamos a la parte interesante. Como es el primer día, he convencido a mi progenitor para que vayamos a ver una de las principales atracciones de esta ciudad, Arthur’s seat, o lo que es lo mismo, la cima de un volcán extinto. Porque, (y esto es de conocimiento general) la Atenas del Norte, antes de ser uno de los lugares más fríos de la isla era un territorio volcánico bañado por las olas de un océano tropical. (¿Os lo imagináis? Sí, en el ahora Mar del Norte nadaban entonces peces de colores…)

         Total que allá vamos. Yo no lo tengo nada claro, pero él tira hacia delante con solo haberle echado un vistazo al mapa, y así llegamos sin problemas a Holyrood Park. (La concepción de parque que tienen los escoceses es la de un par de peñascos verdes con sus rocas escarpadas y florecillas agrestes, igualito que en España, vamos). Y como se ve que también les va la aventura (R. L. Stevenson, de La Isla del Tesoro, era oriundo de estos lares) pues, ¿para qué poner indicaciones? Así que lo primero que hacemos es escalar, sí… pero por el sitio que no es. Claro, unas escaleritas y todo… habría sido demasiado fácil.
               La segunda vez empezamos el ascenso con una de esas cuestas no muy pronunciadas (aparentemente) pero que te van absorbiendo la energía paso a paso. Sin embargo, me veo obligada a ocultar mi cansancio, porque delante de nosotros camina una madre con su crío de tres años… y el pequeñajo lleva buena marcha y sin quejarse.

Salisbury Rocks
               El sendero nos deja en una encrucijada. ¿Escarpadas escaleras talladas en la roca o una subidita agreste de la que bajan unos amables japoneses? Nos quedamos con lo segundo. La agradable subidita se reinventa a cada esquina, y en algunos tramos me siento tipo Indiana Jones, pero como cuento con ayuda llego sana y salva arriba, donde el camino empieza a revelarnos los primeros paisajes espectaculares de esta metrópoli que acabo de conocer. Además, el sendero no puede ser más agradable (ni plano). Y entonces… es entonces cuando vemos que empezamos a bajar, y las cosas no cuadran, porque hemos subido mucho, sí, pero de Arthur’s Seat no vemos nada, es más, si alzamos la vista observamos una cumbre lejana en la que corretean, como hormiguitas burlonas, las siluetas de algunos intrépidos viajeros… Hay un hombre con un perro (un labrador negro) que sube por la cuesta que hay en dirección contraria. Le preguntamos cómo subir más arriba y nos indica dos posibilidades: o bajando la cuesta, por el camino largo, o volviendo por donde hemos venido y subir entonces las escaleras talladas en piedra que ya habíamos dejado atrás en la encrucijada. Nosotros (ay, inocentes) optamos por el camino corto. Ah, por cierto, al señor, tan amable, se le olvidó añadir unos preciosos adjetivos, ya que el camino largo era además fácil, y el corto… el corto es la odisea que me dispongo a relatar.

La pradera celestial
               ¿Escaleritas talladas en piedra? Sí, lo sé, suena idílico, pero no lo es cuando vas por el escalón número 263, sin aliento y tu progenitor te anuncia que solo queda un poco menos de la mitad. Confieso que tuve que parar más de una vez a sacar una foto (a respirar, vamos). Pero ya cuando empezaba a verse el final, todo cambió y se convirtió en una especie de carrera por tocar antes la cumbre, tipo Scott contra Amunsen en la Antártida. Solo que esta vez éramos mi progenito, y yo versus una madre coreana y su hija (que nos llevaban una buena delantera al principio, antes de que las superáramos, claro) y unos hombres escoceses. Y sí, me enorgullezco de decir que al final vencimos y alcanzamos antes que nadie una pequeña meseta verde, hermosa y altísima, como las praderas del Paraíso… Pero mi regocijo celestial duró poco: cuando miré hacia la derecha vi que aún  quedaba otra cumbre por coronar (esta sí que era la de Arthur’s seat). Que solo nos quedaba “un repechón”, como le gusta decir a mi progenitor, vaya.

Arthur's Seat... y los intrépidos abuelillos
               Esa última prueba la superé, aunque tuve que escalar con pies, manos y casi dientes al final, nadie iba a impedirme a mí, una senderista hecha y derecha, alcanzar el monumento que indicaba el punto más alto. Y sí, allí hubo descanso, risas con los abuelillos que parecían llevar ahí toda la vida, encaramados entre las afiladas rocas (¿será que para los escoceses esto es un paseíto por el parque?), charla con un profesor de inglés español que era de Alicante… Y justo cuando íbamos a bajar descubrimos que el camino opuesto de subida era infinitamente más amable que ese senderillo para cabras intrépidas por el que habíamos ascendido.
               Ya al final, las ruinas de la capilla de St. Anthony. Breve parada para agradecer a quien corresponda la feliz superación de los empinados (y afilados) avatares de este viaje…

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