domingo, 30 de septiembre de 2012




Resulta que fui invitada al palacio de Holyrood, que es la joya que espera a los valientes que bajan caminando por la Royal Mail, conscientes, (o quizá no) de que todo lo que baja, sube (y la Royal Mail baja muchísimo, con lo cual el regreso se torna una cuesta nada despreciable).

Allí pude contemplar sus lujosos jardines, escalinatas y techos de escayola decorados de tal manera que diríase que un pedazo de Paraíso Celestial (con sus nubes algodonosas, querubines y arcángeles tocando las tromepetas, todos ellos con rasgos tan armoniosos como impersonales) se había colado dentro. Las habitaciones comenzaron simplemente siendo sobriamente inglesas -se sabe de buena tinta que los nobles franceses temerosos de la Revolución que se alojaron aquí tuvieron que mandar traer (qué calamidad) tapices, muebles y toda clase de accesorios con el fin de poder suavizar aquellos fríos decorados tan acordes con el tiempo escocés) para terminar soprendiendo con un lujo exótico, de aquellas colonias orientales que acabó teniendo el Imperio.



Pero esto no es casualidad, sino que está perfectamente calculado. Las habitaciones del palacio, laberínticas, están diseñadas de tal manera que su lujo aumenta según una se acerca a los aposentos reales, cuya antesala es un verdadero despilfarro de tapices, caoba y metales preciosos, para que los que se hallan ante la Reina queden tan deslumbrados ante semejantes maravillas que no tengan tiempo de fijarse que, quién les ha concedido la visita, no es más que una abuela entrada ya en años y con un rostro arrugado que sugiere que ni siquiera en sus años más amables fuera agraciado.

En las habitaciones de la torre, a las que se accede por una estrecha escalera de caracol, se puede recordar una historia que sucedió siglos atrás pero que no está extenta de pasiones, sangre y violencia. La Reina Mery Stuart Queen of Scots (o María Estuardo, Reina de Escocia, para los hispanoablantes) se alojó allí cuando era esposa de Lord Darnley, un escocés primo de Enrique VIII, y, como este último, no precisamente un ser racional o civilizado.



Cuenta la historia que Mery Stuart fue una mujer muy admirada en su época que se casó nada menos que tres veces y vivió una vida de lo más azarosa, marcada por sus derechos al trono de Inglaterra (y en eso sus intereses se encontraban con los de Isabel I, otra mujer de armas tomar en aquella época y quien plantó la semilla de lo que después sería un Imperio). Cuando vivía en Holyrood, las malas lenguas decían que mucho más que la simple confianza la unía a su secretario Rizzio, un encantador italiano que la seguía a todas partes (y seguramente más considerado que su brutal marido criado a base de huggies en las altas y escarpadas montañas escocesas).

Lo cierto es que un día Lord Darnley entró de sopetón en las habitaciones privadas de la Reina (embarazada en aquellos tiempos, y no precisamente de unas pocas semanas) y cuando la encontró cenando con sus damas y el secretario, se abalanzó sobre este último seguido de sus amigos nobles y demás criados. Se armó un terrible revuelo: las damas de compañía chillaban asustadas mientras, como palomas ante la sombra del gavilán, trataban de huir en desvandada. Mery Stuart, pálida de terror, trataba sin que nadie la escuchara de hacer entrar en razón a su marido. Pero la violencia y la sed de sangre ya se había apoderado de este. En cuestión de segundos la habitación quedó hecha un desastre: tapices rasgados, la vajilla destrozada, incluso la mesa volcada. Una enorme mesa de roble, recia, que había resistido toda clase de avatares, no pudo con el terrible enfado del Lord, que se abalanzó sin piedad sobre Rizzio (que entre lágrimas lloraba protección a su Reina, agarrado a sus faldas) y le asestó nada más y nada menos que 56 puñaladas, aunque puede que sus acólitos le ayudaran en esto, pues tan elevado número de heridas sugiere un trabajo conjunto.



Tras el terrible incidente, Mery Stuart no solo se separó de su marido, si no que se aseguró de que él iba a pagar por su comportamiento osado y violento en los mismos términos en los que había terminado Rizzio. A penas un año después, la casa en Edimburgo donde se alojaba Lord Darnley explotó misteriosamente, y su cuerpo fue encontrado en el jardín. Las investigaciones de la época dieron cuenta de que ya había sido previamente estrangulado...

Ahora bien, ¿qué ocurrió realmente?, se pregunta el oyente avispado, aquel que no solo desea conocer la historia sino adentrarse en sus mecanismos, comprender las razones que forzaron los acontecimientos. ¿Era Rizzio, el amable italiano, el mismísimo amante de Mery Queen of the Scots ante las mismísimas narices del violento Lord Darnley? ¿O quizá este último organizó todo ese tumulto con el fin de conseguir que Mery abortara al hijo de ambos, que habría de ser el heredero católico al trono de Inglaterra y Esocia, cosa que no interesaba al lord, que se había pasado de incógnito al lado protestante?

La respuesta no se halla entre las polvorientas paredes de Holyrood, sino en su frondoso jardín, donde hice el más sorprendentemente descubrimiento...





Aquí, semi escondido entre los arbustos, podemos ver una imagen de Rizzio, que sujeta entre sus manos ni más ni menos que un instrumento, un violín, concretamente. Es decir, que el italiano no solo trajo de su tierra los ojos negros y un delicioso acento, sino que también regaló a las solitarias montañas escocesas el sonido de tan refinado objeto.

Ahora bien, ¿quién nos dice que tal sonido pudiera ser del agrado de aquellos que, a diferencia de las montañas, tienen sentidos, como la capacidad de escuchar? Y entonces, oh queridas y queridos lectores, comprendí la verdad en la historia. Pobre Lord Danley, maltratado por los posteriores cronistas como marido terrible y celoso, u oportunista sin ideales ni más bando que su propia conveniencia... ¿Quién puede juzgar a un hombre que ha perdido ya toda capacidad de raciocinio, vencido por la locura que produce la escucha prolongada de ciertos sonidos? Pues el pobre desafortunado solo quería paz, y silencio, y hacer callar los diabólicos maullidos gatunos que los dedos del inoportuno italiano arrancaban a las cuerdas desafinadas del violín...


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