martes, 29 de enero de 2013



A veces la diferencia está en los detalles. El otro día estaba de sobremesa con una compañera japonesa, que me estaba contando que vive en Chiba (prefactura que esta justo al lado de Tokyo) pero que como su universidad está en la capital, tiene que coger el tren cada día... durante dos horas y media. Y luego me quejaba yo del cercanías en Madrid. El caso es que también me contó que hacía un trabajo a tiempo parcial ( アルバイト arubaito, lo llaman los japoneses). Los arubaito están muy de moda entre los jóvenes. Según tengo entendido la mayoría los tienen para poder pagarse los caprichos, tipo ropa o cacharros electróncos. Porque eso sí, aún no he conocido a un japonés (de los que hay aquí en Edimburgo, al menos) que no tenga el último modelo con la manzanita.

La cosa es que durante la conversación con M., la chica japonesa, empecé a contar las horas, y entre el viaje en tren, la universidad y el arubaito... solo me quedaban cuatro horas sueltas que, supuse, usaría para... ¿dormir? (Pues esta es de las necesidades humanas que más difícilmente puede ser ignorada). Le comenté tímidamente:

-Pero entonces te queda poco tiempo para dormir, ¿no? -(Inocentemente, como quien no quiere la cosa).

-Sí, unas cuatro horas -me respondió tan tranquila. Y yo, aunque ya lo había calculado, no pude evitar poner una cara de sorpresa absoluta.

Le dije que cómo aguantaba (mis conocimientos de biología no son demasiado extensos, pero creo que el ser humano no puede funcionar correctamente descansando tan poco). Pero ella le quitó importancia diciendo que aprovechaba para dormir en el tren... o en las clases.

Esto no deja de sorprenderme. La mayoría de los japoneses que conozco entienden perfectamente normal el usar una clase de universidad (que no de instituto, eso es otra historia) para dormir.

-Pero, ¿no os dicen nada? -les pregunté la primera vez.

Y me dijeron que no. Es muy normal que uno llegue agotadísimo a las clases (normal, con el ritmo de vida que llevan) así que si están muy cansados lo único que hacen es recostarse encima de la mesa... y echar un sueñecito. Por cierto, que eso dice mucho de la educación universitaria japonesa, o al menos del concepto que ellos mismos tienen sobre ella. Porque no sé vosotros, pero yo, aunque no voy a quemar a alguien que se quiera dormir en clase (por favor) voy a las mías para aprender, esto es, para sacarle algún partido a lo que el profesor que divaga sobre el estrado ha venido contarme. Y la verdad, se me haría incómodo dormirme delante de todo el mundo. Aunque para ellos no es nada vergonzoso. Lo sé porque cuando se lo pregunté (yo siempre pregunto, total, ser 外人 gaijin -extranjera- me da ese derecho...) pusieron una cara de desconcierto total. Vamos, lo mismo que si yo le pregunto a un español si le da vergüenza hablar en un vagón de tren (pues claro que no).

La concepción japonesa del tiempo me trae un poco preocupada, no os creáis. Porque N. también me contó que con su grupo de street dance (un hobbit que tiene) practica todos los días... de doce de la noche a cinco de la mañana. (Otros que se tiran las clases de la universidad durmiendo, claro). Si yo les entiendo, no os creáis. Hay tantas cosas que hacer en la vida, tantos frentes en los que luchar, tantas personas a las que contentar... La universidad, los amigos, la familia, los hobbies, la sociedad en general... Tanto por hacer, que a veces parece que faltan las horas. Y entonces dormir, ese periodo de inactividad que nos lleva al menos unas seis horas, parece una pérdida de ese algo tan valioso que es el tiempo. Así que resulta tentador prescindir de algo tan banal como pueda ser tirarse en una cama a dormir y seguir haciendo cosas. Sin embargo, yo misma siento que no es tan fácil escapar de la maldición del tiempo. Por alguna razón, las cosas extremas no funcionan, y si queremos tener actividad entonces hay que combinanrla con el reposo. Igual que tras el día viene la noche, y en esta vida se mezclan los buenos momentos y los malos... Y tratar de forzar un mecanismo tan antiquísimo como el del tiempo (que existía antes que nosotros, ¿o lo hemos inventado?) solo oxida nuestra propia maquinaria. La de este cuerpo que habitamos, que, queramos o no, está enraizado a las leyes terrestres.

Así que mejor dormid las ocho horas que aconsejan los sabios doctores. 





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