martes, 24 de mayo de 2011


La enfermedad se ha posado en mi hogar como un cuervo negro de venenosas alas: sus plumas oscuras se encuentran ahora por todos sitios: sobre la mesa del comedor, entre los libros de la biblioteca, sobre el televisor, en la cisterna del váter, mojadas y pegadas en el fondo del fregadero de la cocina... y bajo mi cama.

Mi batalla contra la enfermedad es la limpieza: abro cada lugar, dejo que al agua lamer sus angustias, pero al mismo tiempo que por las ventanas entra el aire fresco y purificador que se lleva volando a mis siniestras amigas, también el sol ardiente se cuela, carbonizando mis luminosas intenciones y cegando a estos pobres ojos.

La enfermedad trae también las incómodas visitas, que yo he de encargarme de racionar. Rostros amargados, pálidos, ausentes, que la curvatura de sus labios es inversa en el interior: a puesto a que estallan en risas, pues no es otra cosa sino el morbo lo que les impulsa a dejarse caer por el improvisado nido del cuervo. Entomces he de dejar de limpiar y poner a hervir té, mientras cuido que las plumas no caigan e intoxiquen el agua. Tacitas de bordes desconchados, galletas caducadas, oh, por favor, siéntese, sí, sí...

Hoy una visita especialmente no deseada se ha sentado a hablar conmigo más de lo que aconseja el protocolo.

-He oído que te vas a X este verano...

-Ajá.

-Es una gran oportunidad... blablablablabla... no olvides que... blablblablablabla.... y aprovecha también para... blablablablablablablablabla pero finalmente, no olvies que eres española.

Ha sido este último imperativo, esa invocación a lo que más temo (la amnesia, como una tormenta de arena en el desierto, cubre ciudades enteras y las hace suyas) lo que ha captado mi atención de nuevo.

Sus palabras me han hecho gracia en el momento, a penas he podido evitar reprimier una risa no precisamente educada.

Sin embargo, ahora me pregunto: ¿por qué ese miedo?

1 comentario:

Mew dijo...

¿Existe algún lugar sobre la faz de la tierra que haya sido capaz de atraparte entre sus raíces? A ti, que has vivido en tantos mundos como ideas se escurren por esa cabecita de escritora loca que tienes entre los hombros...

Miedo, una de las primeras cosas que destruye la lógica. A veces me pregunto si no he jugado demasiado con fuego, si todo lo que toco no es más que el más corrosivo de los ácidos... Ácidos que estos dedos insensibles no podrían percibir aunque quisieran.

Aunque lo cierto es que luego siempre pienso ¿qué más da? Y me río.